Una expedición del Club de
Exploración y Aventura de España 1997 ha viajado hasta las selvas que envuelven
al Monte Elgón, situado en la frontera entre Kenia y Uganda, para estudiar el
origen de uno de los grandes mitos africanos: el Cementerio de los Elefantes.
Uno de los primeros viajeros que mencionó la existencia de un lugar
semejante fue el célebre explorador escocés David Livingstone. Como misionero,
recorrió incansablemente el continente y a él se deben numerosos estudios sobre
las curiosidades geográficas africanas como la del famoso cementerio de los
elefantes. Sus relatos contribuyeron a crear una leyenda, tras la que se
lanzaron generaciones de aventureros durante el periodo que abarcó hasta los
primeros decenios del siglo veinte.

Algunas tradiciones
africanas cuentan que los elefantes, cuando sienten que la muerte está cerca, abandonan
la manada y, guiados por el instinto o memoria colectiva de la especie, se
dirigen a un lugar que sólo ellos conocen, donde se amontonan las
osamentas blanqueadas de sus ancestros... Para morir, los paquidermos se
recuestan para dormir allí su último sueño.
Por todo lo anterior, no
es de extrañar que a partir de la segunda mitad del siglo XIX muchos cazadores,
impulsados por la esperanza de hacer fortuna o la simple curiosidad, arriesgaran
su vida y su dinero en expediciones destinadas a encontrar estos famosos
cementerios de elefantes que, según ellos, estarían llenos de marfil. Finalmente
la leyenda cruza las fronteras de África y llega a ser explorada por ciertos
escritores de novelas de aventuras como Edgar Rice Burroughs en uno de sus
libros sobre Tarzán.
La realidad

El descubrimiento
ocasional de amontonamientos de esqueletos de elefantes durante muchos años, reforzó
la convicción de los exploradores de que estos animales tienen un
comportamiento especial a la hora de enfrentar la muerte y que, por tanto, los
cementerios de elefantes, llenos del preciado marfil, son reales. Sin embargo,
la existencia de estos montones de huesos no significa necesariamente que
exista un comportamiento premeditado de parte de estos animales. En el caso de
que todos los colmillos hayan desaparecido, es más probable que sólo se trate
de vestigios de una masacre organizada tiempo atrás por cazadores furtivos
gracias a la introducción masiva de armas de fuego a fines del siglo XIX en el
África negra. Si, por el contrario, los colmillos permanecen fijados al cráneo
de los animales, estas muertes colectivas podrían haber sido causadas por una
tragedia de origen natural. En efecto, sucede a veces que después de una sequía
muy grande, una manada entera es
incapaz de seguir su camino hacia lugares menos áridos y muere de inanición y
de sed. En otros casos, las arenas movedizas se transforman en trampas
implacables para estos animales, cuyo peso puede alcanzar hasta cinco
toneladas. Cualquiera que sea la razón de estos descubrimientos, están lejos de
cumplir las promesas de fortuna que ofrecen los gigantescos cementerios que
pueblan los sueños de los amantes del marfil.
El Monte Elgón

La leyenda dio paso al mito y el mito se extendió por toda África y,
de África se exportó al resto del mundo. Bajo ese reclamo, desde la segunda
mitad del siglo XIX a los primeros decenios del XX, se organizaron docenas de
expediciones con la esperanza de hacerse con las muchas toneladas de marfil que
estaban esperando a que alguien fuera a por ellas. Muchos lo intentaron y
ninguno lo consiguió.
No obstante, entre los nativos de las inmediaciones del Monte Elgón
(4.321 m) el rumor continuaba e, incluso, tenía una localización geográfica, el
interior del volcán extinguido en donde "
elefantes
solitarios que iban a morir" y, en ocasiones, "
manadas enteras que acompañaban en su último desplazamiento a uno de
los suyos", se introducían en la oscuridad del interior de la montaña... El
lugar estaba más o menos localizado pero existía un problema,
"el lugar estaba protegido por los espíritus
y los que osaban adentrarse en su interior en busca del marfil, salían
condenados con una maldición que acabaría llevándolos a la muerte".
Y como casi siempre, detrás de un gran mito siempre hay un alto
componente de veracidad. En el caso que nos ocupa, es cierto que el mito del
cementerio de los elefantes nació en las
inmediaciones del Monte Elgón. También es cierto que existen cuevas en ese
monte en las que, de forma más o menos frecuente, se introducen los elefantes.
Es verdad que muchos han muerto en su interior y que sus esqueletos y en
ocasiones sus momias allí permanecen, incluido el marfil de sus colmillos. Y
tampoco es mentira que muchos de los que allí se han adentrado han muerto al
poco tiempo
víctimas de la maldición.
Se sabe que manadas enteras de elefantes se
introducen en las entrañas de la montaña en busca de la preciada sal que les
permita mantener una óptima hidratación. Incluso hay quien dice que esas cuevas
han podido ser excavadas por los colmillos de los propios elefantes a lo largo
de los siglos, cosa que se ha comprobado que no es cierta... El caso es que,
debido al agotamiento de algunos ejemplares y, también, a los muchos
desprendimientos de rocas del techo que se producen en el interior de las
cavernas, las entrañas del Monte Elgón encierra un auténtico "cementerio de
elefantes" que ha inspirado los sueños de exploración de muchos hombres y
mujeres.
El Monte Elgón se encuentra situado en el
interior del parque nacional que lleva su nombre. Una región muy húmeda,
poblada de una imponente selva ecuatorial africana que se eleva hasta pocos
cientos de metros de la cima... Al ser zona fronteriza y debido a las grandes
manadas de elefantes y a la gran cantidad de ejemplares de otras especies de
grandes mamíferos que abundan por la zona, hasta hace poco el Monte Elgón
estaba frecuentado por un gran número de cazadores furtivos y por grupos de
bandidos que actuaban con impunidad convirtiendo el acceso a la zona en una
auténtica aventura.
La Expedición

Bajo una lluvia torrencial, no
habitual por los meses de enero y primeros días de febrero, la Expedición Fred
Olsen Express Canarias - África Oriental 2006 tuvo que realizar su trabajo en
el Monte Elgón en unas condiciones mucho más duras de las previstas. Si ya de
por sí la selva es el peor escenario en el que puede desenvolverse el hombre y
si además añadimos unas fortísimas lluvias a cada rato, el resultado fue un
entorno muy hostil en el que personas y material se pusieron a prueba.
El fenómeno del Niño, mantuvo
trastornadas las condiciones climáticas de la zona, alterando las secuencias
naturales de "estación seca - estación de lluvias". Es sabido que en enero
apenas llueve en el África Oriental, es plena estación seca y el turismo abunda
por aquella zona. Pero este año no ha sido así, ya a primeros de enero Kenia sufrió
una abundancia de lluvias que provocó grandes inundaciones e importantes daños
en su infraestructura. Parecía que todo volvería a la calma y que nuevamente
las lluvias tendrían de nuevo su presencia conforme a calendario, pero no, otra
vez las precipitaciones torrenciales se adelantaron unos veinte días
sorprendiendo a los miembros de la expedición que fueron a estudiar, explorar y
filmar, pero que nunca pensaron que tuvieran que desenvolverse bajo tanta
cantidad de agua.
Durante varias jornadas los integrantes
del equipo exploraron y filmaron varias de las cuevas del Monte Elgón en donde,
según contaba la leyenda, podría localizarse
el mito del cementerio de los elefantes. Si ya acceder hasta alguna
de las cuevas con el equipo necesario, costó un gran esfuerzo debido a las
abundantes precipitaciones atmosféricas, lo más penoso fue el rastrear a los
animales y acecharles a la espera para observarles. Con la lluvia resultaba
imposible ver y escuchar nada. No obstante se consiguió localizar al grupo de elefantes
y estudiar su comportamiento.
Del estudio de las cuevas y por
los restos descubiertos, se deduce que es cierto que dentro de ellas han muerto
elefantes. Pero hienas, leopardos y otros carnívoros y carroñeros, han dado
buena cuenta de los cadáveres, comiéndose hasta los colmillos de marfil. No es
cierto que los elefantes entren en esas cavernas a morir, ya que el
comportamiento natural de estos animales, que sí tienen conciencia de la muerte
de sus seres queridos, les lleva a recoger con su trompa los huesos descarnados
del muerto y a repartirlos por su territorio, por lo que esta costumbre desecha
por completo la existencia de acumulación voluntaria de elefantes muertos y,
por tanto, elimina la existencia de los míticos cementerios de elefantes y el
tan buscado amontonamiento de marfil. No obstante también se pudieron encontrar
restos abundantes de elefantes situados en zonas inaccesibles por
desprendimientos o hundidos por completo en las ciénagas que también abundan en
el interior de las cuevas.
A las cuevas se dirigen
elefantes moribundos y sanos, porque todos tienen dependencia de la sal y ese
es el punto en donde la encuentran. Si el elefante está en sus últimos días, se
queda por la zona debido a su debilidad y su necesidad de sal con cuyo consumo,
además, encuentra alivio, por tanto, simplemente por probabilidades, es muy
posible que algunos elefantes hayan acabado muriendo tratando de solucionar sus
necesidades de sal. Por otro lado, parece que, debido al la cercanía al Rift
Valley y por ser una zona de frecuentes temblores de tierra, en el interior de
las cuevas abundan los desprendimientos de rocas procedentes del techo, con lo
que puede ocurrir que algunos elefantes murieran simplemente aplastados al
caerles encima las rocas.

Las cuevas merecen un estudio
por sí mismas. Están situadas en lugares muy remotos con las entradas medio
cubiertas por rocas y vegetación. Hasta que no se llega hasta ellas es difícil
de imaginar como consiguen acceder a su interior animales tan grandes y, en
principio, tan poco ágiles como los elefantes. Con tan sólo internarse unos
metros en su interior ya se percibe un mundo siniestro, con el olor ácido de la
muerte. Los efluvios que emanan sus profundidades son, sencillamente,
irrespirables. En su interior no sólo han muerto y se han descompuesto animales
mayores, sino que también, y aquí está la clave de todo, viven decenas de miles
de murciélagos de tres especies diferentes, según la cueva en la que se esté.
El ruido que emiten esos animales es capaz de hacer perder la calma a la
persona más templada... La visión de los murciélagos, cubriendo prácticamente las
bóvedas de las cavernas, resulta muy inquietante por no decir que incluso
produce un profundo desasosiego. Pero el mayor problema son los excrementos...
Hay que protegerse muy bien de ellos y evitar tener el más mínimo contacto ya
que, según los últimos estudios ya confirmados, en ellos está el origen de una
de las variedades del virus del ébola, algo que resulta más aterrador y más
peligroso que lo que cualquiera haya visto jamás. Esto podría explicar lo de
la maldición, ya que no sería de
extrañar que muchos de los que se aventurasen a entrar en las cuevas en busca
del marfil, saliesen contagiados al contactar con los excrementos de los
murciélagos y, al poco, muriesen por ébola.
Para la realización de este
proyecto, que comenzó tras un mito y se encontró con la ciencia y que se
realizó entre los meses de noviembre de 2006 y finales de febrero de 2007, el
Club de Exploración y Aventura de España 1997 ha contado con el patrocinio de
Fred Olsen Express y la colaboración de Igara Renault, Base: Deportes Salud,
Hotel Villa Cortés en Playa de Las Américas, Fotocentro Teidecolor y Viajes
Bitácora también de instituciones como la Dirección General de Promoción
Turística del Gobierno de Canarias y las Consejerías de Turismo y de Deportes
del Cabildo de Tenerife.
Ángel Alonso es director del programa radiofónico Objetivo: La Luna, en Radio Club Tenerife - Cadena SER y vicepresidente
y director de proyectos del Club de Exploración y Aventura de España 1997.