Sam tiene ocho años, es hermano de Gaspar. Los dos, desde el principio de mi
aventura, se han estado acercando diariamente al centro donde me encuentro.
Unas veces sólo para pasar un rato y otras tantas para decirme que no habían
comido durante todo el día.
Los dos viven con sus tíos. La madre se está
muriendo de SIDA en el hospital sin que ellos sepan realmente la enfermedad
que la está matando. Sam cree que se recuperará pronto. Recuerdo que un día
me dijo, extrañado, que su madre siempre había sido una persona obesa y que
no entendía cómo estaba ahora tan delgada. Por supuesto yo no le daré la
triste noticia. La esperanza y el cariño que tienen los dos por su madre les
mantiene vivos.
La van a visitar diariamente al hospital. Realmente viven
allí. En el hospital la madre es atendida con medicinas pero la comida se la
tienen que llevar ellos. Es decir, no trabajan y tienen que ir al colegio.
¿Cómo pueden llevarle de comer?. No lo sé, pero lo imagino.
Sam se acercó una tarde con sus amigos, como siempre, a pasar un rato
jugando entre todos a cualquier cosa. Le noté triste y cuando vió que me
encontraba un poco apartado se puso a mi lado y, con voz muy baja, me dijo
que quería hablar conmigo en privado. Me extrañó. Es un chico muy reservado
y le cuesta reirse. Hoy lo entiendo. Lo llevé a mi habitación y empezó a
contarme. Me dijo que tenía miedo de ir a casa de sus tíos; que no le
querían; que no tenía con quién hablar; que se encontraba muy solo.
Y
entonces me enseñó las fotos... Creí morir. Se me cortó el aliento, no sabía
qué responder. Recordar la escena aún me pone los pelos de punta. Me contó
que su padre se ensañaba con él un día sí y otro también. Las fotos eran en
color pero he preferido que las veáis en blanco y negro. Recuerdo cogerle en
mis brazos y abrazarle durante un largo rato. Yo callado, tratando de
aparentar ser fuerte, no quería que él notara el impacto que me causó, traté
de ser, por unos instantes, el apoyo que necesitaba Sam, y él llorando.

Así
durante un tiempo que se me hizo insoportable. Sam vino, no para pedirme
dinero o comida o ropa, Sam vino porque quería ser, simplemente, escuchado.
El caso de Sam no es único. Yo he visto, personalmente, el trato que reciben
los niños. He presenciado, en otras ocasiones, cómo tratan los padres a sus
hijos. Por desgracia es costumbre aquí. La letra con sangre entra.
Sam, en su tiempo libre, se dedica a pintar. Hace dibujos magníficos que no
he podido escanear, pero le pedí hace tiempo que quería unas postales para
enviar en Navidades a mis seres queridos. A los dos días de ocurrir este
suceso me trajo varias postales.
Ésta que os enseño creo que define el
espíritu de Sam y de tantos otros niños que ante tanta desgracia aún son
capaces de recordarnos que es Navidad y como él me escribió en esta postal:
¡FELIZ NAVIDAD! ,
a todos vosotros de parte de Sam. No os olvidéis de ellos, por favor.
Saludos desde Camerún
Antonio Pérez (
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(A Victoria y Cecilia)