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Sam

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Antonio Pérez   
domingo, 16 de diciembre de 2007
Sam tiene ocho años, es hermano de Gaspar. Los dos, desde el principio de mi aventura, se han estado acercando diariamente al centro donde me encuentro. Unas veces sólo para pasar un rato y otras tantas para decirme que no habían comido durante todo el día.

Los dos viven con sus tíos. La madre se está muriendo de SIDA en el hospital sin que ellos sepan realmente la enfermedad que la está matando. Sam cree que se recuperará pronto. Recuerdo que un día me dijo, extrañado, que su madre siempre había sido una persona obesa y que no entendía cómo estaba ahora tan delgada. Por supuesto yo no le daré la triste noticia. La esperanza y el cariño que tienen los dos por su madre les mantiene vivos.

La van a visitar diariamente al hospital. Realmente viven allí. En el hospital la madre es atendida con medicinas pero la comida se la tienen que llevar ellos. Es decir, no trabajan y tienen que ir al colegio. ¿Cómo pueden llevarle de comer?. No lo sé, pero lo imagino. Sam se acercó una tarde con sus amigos, como siempre, a pasar un rato jugando entre todos a cualquier cosa. Le noté triste y cuando vió que me encontraba un poco apartado se puso a mi lado y, con voz muy baja, me dijo que quería hablar conmigo en privado. Me extrañó. Es un chico muy reservado y le cuesta reirse. Hoy lo entiendo. Lo llevé a mi habitación y empezó a contarme. Me dijo que tenía miedo de ir a casa de sus tíos; que no le querían; que no tenía con quién hablar; que se encontraba muy solo.

Y entonces me enseñó las fotos... Creí morir. Se me cortó el aliento, no sabía qué responder. Recordar la escena aún me pone los pelos de punta. Me contó que su padre se ensañaba con él un día sí y otro también. Las fotos eran en color pero he preferido que las veáis en blanco y negro. Recuerdo cogerle en mis brazos y abrazarle durante un largo rato. Yo callado, tratando de aparentar ser fuerte, no quería que él notara el impacto que me causó, traté de ser, por unos instantes, el apoyo que necesitaba Sam, y él llorando.

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Así durante un tiempo que se me hizo insoportable. Sam vino, no para pedirme dinero o comida o ropa, Sam vino porque quería ser, simplemente, escuchado. El caso de Sam no es único. Yo he visto, personalmente, el trato que reciben los niños. He presenciado, en otras ocasiones, cómo tratan los padres a sus hijos. Por desgracia es costumbre aquí. La letra con sangre entra. Sam, en su tiempo libre, se dedica a pintar. Hace dibujos magníficos que no he podido escanear, pero le pedí hace tiempo que quería unas postales para enviar en Navidades a mis seres queridos. A los dos días de ocurrir este suceso me trajo varias postales.

Ésta que os enseño creo que define el espíritu de Sam y de tantos otros niños que ante tanta desgracia aún son capaces de recordarnos que es Navidad y como él me escribió en esta postal: ¡FELIZ NAVIDAD! , a todos vosotros de parte de Sam. No os olvidéis de ellos, por favor.

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Saludos desde Camerún

Antonio Pérez ( Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla )

(A Victoria y Cecilia)
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