
En la foto de Lucy podéis ver que tiene una herida en el ojo
izquierdo. Yo tuve la desgracia de ver cuándo se produjo esa herida. Por las
noches, todas las noches, venían un grupo de niños al centro donde nos
encontrábamos a hacer sus deberes o a que nosotros se los pusiéramos. Con ansias
de trabajar y de aprender. Tengo que confesar que hacer eso todas las noches
acaba agotando a cualquiera. Pero así lo hacíamos y así se sigue haciendo. En
esas clases, nuestro salón, por llamarlo de alguna manera, se llenaba de críos y
os podéis imaginar el alboroto que se formaba hasta que alguno de nosotros
conseguía calmarlos y concentrarnos en el trabajo. Hay algunos de ellos, no por
culpa de ellos sino por las circunstancias en las que viven esos niños, que son
unos auténticos diablillos. A esos es a los que más dedicábamos en hacer tareas
y, con mucha paciencia y cariño, conseguíamos que formaran parte del grupo.
Añoro esas noches y estoy deseando volver cuanto antes para
sufrir
esas maravillosas noches.
El día en que hago público a los niños que quiero venir a
España para poder crear un centro para ellos en el que estemos más cómodos y que
puedan vivir con nosotros, los niños, sin saberlo yo, me preparan una sorpresa.
La sorpresa consistía en hacerme una serie de dibujos con corazones de amor y
palomas de la paz y dibujos por el estilo, pero para ello tenían que hacerlo sin
que yo me encontrara en el salón, por el que tenía que, forzosamente, pasar para
ir a mi habitación. Lo montaron de tal forma que, con otros voluntarios y amigos
míos, me distrajeran fuera del centro, en la oscuridad de la noche. A
regañadientes salí de la sala y dos niñas, entre ellas Lucy, me pidieron las
llaves del centro con la escusa de que no habían terminado sus trabajos de la
escuela. Me extrañó, pero así lo hice y les dejé las llaves, no sin antes
indicarles que cerraran por dentro para que ningún otro niño viera que estaban
dentro y así evitar la avalancha de la tropa merodeando a esas horas. Estoy
hablando de la ocho de la noche aproximadamente. A esas horas se está a oscuras
totalmente.
Mientras mis colegas estaban dándome cancha para que las
niñas terminaran sus dibujos, de pronto oímos un enorme escándalo que provenía
de nuestra casa. Cuando me acerco veo a la esposa del Director de la ONG para
la que trabajábamos, tirando de los pelos a las dos niñas y gritando como una
posesa. Sin saber lo que pasaba intenté mediar para que dejara a las niñas en
paz y que me explicaran todas ellas lo que había ocurrido. No hubo manera.
Intenté agarrar el brazo de la mujer, pero se zafaba de mí y empezó a darle una
auténtica paliza a las dos niñas. En el forcejeo rompió el traje de Lucy, único
traje que tenía. Digo traje cuando en verdad es un harapo sucio y maltrecho. Y
de los golpes se llevó varios arañazos en todo el cuerpo, cuello, cara y brazos.
Yo no podía defenderlas porque eso suponía que tendría que pegar a una mujer
mayor, cosa que nunca he hecho en mi vida. El resultado de todo fue una total
impotencia y rabia que tuve que contener. Las niñas salieron corriendo como
galgos en el momento que conseguí separar a esta mujer.

Al día siguiente intenté pedir explicaciones de lo que había
ocurrido al dueño de la ONG y, con palabras grandilocuentes, excusó a su mujer
diciendo que él nunca haría eso a los niños, pero que tenía que entender que si
esto y que si lo otro. Palabras y nada más que palabras. Mi rabia no me dejaba
pensar y así lo expuse a todos los voluntarios que aún nos encontrábamos allí.
Muchos de ellos no se habían enterado de lo que ocurrió esa noche. Luego hablé
con mis dos niñas y les pregunté por el incidente. Estabas aterradas por lo
pasado y no se atrevían a acercarse a nuestras dependencias, ¡cómo no!. Me
dijeron que, sin más, al verlas dentro de nuestra casa las empezó a moler a
palos. No hubo una pregunta de por qué se encontraban allí o cómo habían
conseguido las llaves o dónde estaba yo. Nada de nada. ¿Por qué?, pues porque
eso es lo natural en el Camerún. Un niño es la escudilla donde una desahoga sus
traumas, sus temores, su miseria. Al niño no le preguntan qué le pasa o qué
quiere. El niño es el perro al que maltratar o marginar o del que abusar
sexualmente. El niño es donde se puede vomitar y nadie te lo va a reprochar
porque así está estipulado. Las cosas son así y basta.
Dos preciosas niñas, en confabulación con muchos otros niños
míos, trataron de darme una sorpresa, inocentemente, por puro amor y por el
respeto que conseguí de ellos. El dibujo quedó sin terminar esta vez. Espero que
los ayudéis para que puedan pintar, todas las veces que quieran, sin temor a que
nadie les dé una paliza o se les reproche por algo que hicieron
inocentemente.
Saludos desde Camerún
Antonio Pérez (
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(A Victoria y Cecilia)