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Rabat/ Fatima pasa todo el día enganchada a TVE. No se
pierde los informativos ni la telenovela de la sobremesa. Está
divorciada y tiene tres hijos, pero ninguno vive ya con ella: “Uno
salió en patera hace años y ahora vive en Inglaterra”. Dice que lo pasó
muy mal cuando se fueron los españoles, en 1969. Desde entonces nada ha
cambiado en Sidi Ifni, por lo menos a mejor. No se ha invertido ni un
dirham en esta ciudad, explica en un perfecto español; “dejaron que se
hundieran todos los edificios coloniales y no han aportado nada”.
Estamos en el barrio de Colomina, uno de los más activistas en las
últimas manifestaciones.
Colomina era su nombre español, y lo siguen llamando así aunque tras la
salida de España de la ciudad se cambió por el marroquí de Boulaalame.
“Nosotros preferimos nombrar las calles en castellano y muchos hablamos
español, aunque las autoridades intentan silenciar este idioma”. El
problema, añade Fatima, “es que nos han marginado por nuestra herencia
española; nos insultan llamándonos hijos de españoles”.
A.T. –prefiere mantener el anonimato- es una de las víctimas de estas
últimas protestas. A las siete de la mañana forzaron su puerta y
entraron en su casa, relata. El desayuno, preparado sobre la mesa, se
enfrió para siempre. Los militares golpearon a su marido y luego a
ella, cuenta con la mirada ausente. Todavía tiene señales en el cuerpo.
Sucedía el sábado negro, como ya le llaman en Ifni. Fue hace dos
semanas y siete días después de que las manifestaciones comenzaran en
la ciudad. Entonces, el pueblo entero se armó de valor para protestar
en voz alta. Todos a una. Se amotinaron en el puerto, paralizando su
actividad. Pedían, piden, más inversiones, oportunidades de empleo, que
la producción de la pesca no se exporte prácticamente en su totalidad y
que se mejoren las infraestructuras viarias.
“La represión ha sido brutal y se han cebado incluso con los que no
participaron en las protestas”. Nadia sí lo hizo, y aunque recibió su
“castigo” volvería a hacerlo. Estudió corte y confección en Agadir, a
unos 200 kilómetros de Sidi Ifni, y no encuentra trabajo. Tiene 23
años. A su lado Mariam asiente con la cabeza. “Es imposible encontrar
un empleo en esta ciudad”. Ella es diplomada, estudió literatura árabe
y a sus 28 años lo único que hace es ayudar en casa con las tareas del
hogar y dedicar algunas horas a la Asociación de Diplomados en Paro de
Sidi Ifni. Su presidente, Khalil Bouchra, declaraba a ACN Press que
“más del cincuenta por ciento de la población está en situación de
desempleo”. Khalil ha sido detenido por las fuerzas del orden, y con él
ya son ocho los jóvenes que han dado con sus huesos en la cárcel de
Agadir en los últimos días.
TESTIMONIOS
Otros han ido a parar a los hospitales, como Meatouki Taoufik, del
barrio de Lebraber. Impactaron contra su cuerpo las bombas de gases
lacrimógenos que “lanzaron los agentes este pasado domingo para
reprimir una manifestación de más de cinco mil personas”, un millar de
ellas llegadas de distintos puntos de Marruecos, cuenta un joven de la
ciudad. Muchos de sus amigos han huido a las montañas porque “todos
temen las torturas”. A las mujeres, cuenta otra chica, “nos trasladaban
a la comisaría y allí nos desnudaban y nos pegaban”
“Ahora sólo comemos palos –dice Fatima-; en cambio, con los españoles
estábamos muy bien atendidos; todos estudiaban, trabajaban y estaban
alimentados”. Esta mujer se lamenta de las pocas posibilidades que
tienen los jóvenes de Sidi Ifni: “Es muy difícil encontrar un trabajo y
el que lo consigue no gana más de 150 euros al mes”. Cada vez son más
los que deciden lanzarse al océano a buscar una oportunidad en la otra
orilla. Zacarías tiene 18 años y muchos amigos viviendo en Canarias,
Barcelona, Valencia o Madrid. “Pagaron unos 500 euros para reservar
unos cuantos metros en una patera y marcharse de aquí”. A él todavía le
duelen los golpes que recibió en la última manifestación, explica
mientras muestra los moratones.
Esta no es la primera vez que los ciudadanos de Ifni levantan la voz.
Ya lo hicieron en 2005, aunque entonces la represión fue mucho menor,
explica Mohamed Salem, de la Asociación Mar Pequeña, dedicada al
Turismo, y portavoz del secretariado local de la ciudad. “En esta
ocasión han llegado gendarmes y militares de otras ciudades; unos
cuatro mil”. Pero “si no nos escuchan seguiremos manifestándonos”,
asegura Salem, que confía en que las autoridades hagan algo,
reaccionen, y accedan a sentarse con ellos para negociar y buscar
salidas al estancamiento de la ciudad.
EL GOBIERNO NIEGA LA REPRESIÓN
Nour- Eddine Outaguella es el pachá de Sidi Ifni. Sentado en su
despacho asegura que “las fuerzas auxiliares del Estado no han cargado
contra nadie que haya actuado pacíficamente” y que “no se ha vulnerado
en ningún momento el respeto a los Derechos Humanos”. Las
manifestaciones de los ciudadanos de Ifni, continúa, han sido ilegales.
“Bloquearon el puerto y no dejaban trabajar a los empresarios que
vienen desde otras localidades de Marruecos”.
Outaguella opina que los ciudadanos de Ifni no quieren trabajar en la
ciudad. El Gobierno marroquí, apunta, “ha puesto en marcha un programa
para formar en la actividad pesquera a más de 600 jóvenes a cero dirham
y todavía sobran plazas”. Asegura, además, que se está desarrollando y
mejorando el puerto y que cuando esté listo podrá dar trabajo a entre
dos mil y tres mil personas. Eso sí, aún no hay fecha.
En la viñeta de un rotativo marroquí, Le Canard Libéré, un hombre le
dice a quien podría ser un representante de la Administración alauita:
“Parece que hay un poco de desorden en Sidi Ifni”. A lo que este
responde: “No es mi culpa si una banda de excitados imagina que el
hambre justifica todos los medios”. Fatima, Mariam, Zacarías, Salem y
muchos otros saben que no todos los medios valen; “nuestras
manifestaciones son pacíficas, pero no vamos a dejar que nos marginen;
Sidi Ifni debe salir del olvido”.

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