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Javier Hernández Castelló
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lunes, 23 de febrero de 2009 |
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La zona de Cabo Llanos, en donde se encuentran las torres de Santa Cruz y multitud
de edificios de nueva construcción es conocida también como la milla de oro, por lo
elevado que es allí el precio de las viviendas. Pues bien yo quiero hablar de “la
otra milla de oro”, pero oro, del que caga el moro. Se trata de la zona que se
encuentra detrás del estadio Heliodoro Rodriguez López hasta el parque de La Granja.
Comenzando el paseo por el parque de Don Quijote, se puede respirar el ambiente de
inseguridad que allí reina día tras día. Escasa presencia policial, calles oscuras
debido a la mala iluminación, suciedad, etc. etc. Por no decir el interior del
parque, donde el vandalismo campa a sus anchas. Si andamos un par de minutos nos
topamos con una instalación deportiva recién inaugurada. Estoy hablando del campo de
fútbol de césped artificial que se encuentra anexo al Heliodoro. Una instalación que
está cerrada a cal y canto todo el día y que ninguno de nosotros podemos disfrutar
de ella. Dejada de la mano de dios, allí se refugian toda clase de personas con el
único fin de destrozar y pintar todo el graderío con sus peculiares graffitis, como
ya han hecho en todas las paredes de la grada de gol del estadio. El abandonado de
aquella zona es casi insultante.
Siguiendo el recorrido por la calle de La Mutine (la calle de la Tribuna del estadio
del Tenerife), la iluminación artificial sigue siendo bastante escasa o nula en
algunos tramos. Además de la oscuridad reinante, se han instalado por ese lugar en
los últimos meses, una serie de “gorrillas” que supuestamente vigilan los coches
allí aparcados, pero que vigilar, poco vigilan me da a mi, sobre todo por las
condiciones que presentan muchos de ellos.
Dejamos atrás la zona del estadio y alrededores para subir hasta el parque de La
Granja. Este parque siempre se ha caracterizado por su inseguridad. Pues bien a eso
hay que añadir que ahora también sirve de residencia y aseo para los mendigos, que
van allí a preservar y mantener la flora que allí habita, con su particular abono
para después dar unas cabezaditas entre palmera y palmera, a la vista de todo
transeúnte que por allí pase. Eso si, la Plaza de España está preciosa, y como se
han preocupado de vallarla para que nadie la estropee en estos carnavales de la
crisis y el miedo.
Javier Hernández Castelló

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