Canarias/ De los 18 cadáveres enterrados en la
isla, 11 ya han sido identificados y algunas familias se trasladan a
Canarias para recuperar sus cuerpos. "Aquí todos saben que los menores en Canarias no son expulsados y
que son acogidos en centros hasta que cumplen 18 años, se convierten en
una inversión para la familia”, admite una ONG marroquí.
“Catastrófico, todo esto ha sido catastrófico para
el pueblo”. Cae la noche en Guelmin, en el sur de Marruecos, cuando un
responsable de la Gendarmería recibe a ACN Press en su despacho y da
cuenta de la investigación abierta para desmantelar el grupo de
pasadores que organizaron el viaje de la 'patera de la muerte'. Pide
mantener su identidad en el anonimato antes de adelantar que “de
momento” hay cuatro sospechosos y dos de ellos, asegura, ya están
localizados.
De Guelmin eran la mayoría de los 32 marroquíes que partieron
clandestinamente hace ya 17 días en una patera desde Tarfaya rumbo a
Lanzarote. A menos de 20 metros de la costa, en Los Cocoteros, un golpe
fatal hizo naufragar la pequeña embarcación y 26 de sus ocupantes
–muchos menores de edad- no pudieron contarlo, uno de ellos permanece
todavía desaparecido.
Ha sido un duro golpe para Guelmin y los pueblos de los alrededores,
cuenta Elkua, de la Asociación Sur para la Inmigración y el Desarrollo.
Duro, aunque no desconocido. No es la primera vez que esta zona,
castigada por la miseria, ve partir, y morir, a sus hijos en
embarcaciones clandestinas. Sin embargo, esta vez la tragedia ha
sobrepasado a las familias. Indignadas, han acudido en masa a la
comisaría a denunciar la muerte de sus hijos.
Muchos de los jóvenes que naufragaron en Lanzarote eran del barrio de
Cité Miri. “Poco después de que la patera naufragara empezó a correr la
noticia por todo el vecindario como la pólvora”, cuenta a ACN Press
Fatna Haruach, la tía de Mohamed Haruach, una de las víctimas del
océano.
“Hay padres, algunos de ellos soldados o miembros de las Fuerzas
Auxiliares, que estuvieron en contacto telefónico con los mafiosos”,
nos cuenta el gendarme. Una información a la que han accedido tras
rastrear las llamadas telefónicas de los sospechosos. No es extraño,
explica Elkua: “Aquí todos saben que los menores en Canarias no son
expulsados y que son acogidos en centros hasta que cumplen 18 años, se
convierten en una inversión para la familia”.
Fatna Haruach, en el umbral de su casa, niega haber denunciado a los
mafiosos. “Es difícil para la familia de un militar”. Dice no formar
parte de las 25 familias que se han atrevido a tocar a las puertas de
la Gendarmería para presentar denuncia oral contra los mafiosos. Fatna
no nos invita a entrar en su casa y se muestra cautelosa con sus
palabras.
Muchos les han señalado en los últimos días como autores de una carta
denuncia en la que se daban los nombres y apellidos de los pasadores,
pero asegura que su familia no tiene nada que ver. Parte de los
miembros de la red mafiosa son conocidos por muchos de los padres de
las víctimas, son del propio Guelmin, según relatan. “Nosotros sólo
fuimos a la comisaría para identificar a Mohamed”, sentencia Fatna.
OTRAS ONCE VÍCTIMAS, CON NOMBRE Y APELLIDOS
A la comisaría de Guelmin han ido llegando las fotografías de los
náufragos fallecidos; falta una, la del desaparecido. De los 25
muertos, siete fueron repatriados ya el jueves por la noche desde las
Islas Canarias. Los siete tenían familiares en Lanzarote, Tenerife y
Bilbao. Los otros 18 yacen en Canarias. Antes de darles sepultura les
tomaron muestras de ADN, para proceder, si los reclaman, a su
identificación y repatriación. De ellos, otras 11 personas ya tienen
también nombres y apellidos.
Algunos de sus familiares ya han viajado a las Islas para recuperar a
sus muertos. Otros aseguran no poder permitírselo. Es el caso de Salek.
Ha volado desde Francia, donde vive, hasta Guelmin. “Creía que
mandarían aquí el cuerpo de mi hija y mis nietos, pero ahora me dicen
que siguen en Canarias y que tengo que ir hasta allí para gestionar la
repatriación”. Afirma no tener medios para viajar y pide ayuda a las
autoridades españolas y marroquíes. Su hija formaba parte de la
expedición con sus cuatro nietos y un primo, los cinco menores de edad.
Su historia, como todas las demás, está llena de sombras. Ahora, su
padre se ha convertido en el principal impulsor para constituir una
asociación de padres y madres de las víctimas de las pateras. “Hay que
prevenir”. Salek tiene un objetivo. Quiere arrojar un poco de luz a
esas sombras. “No podemos dejar morir así a nuestros hijos, es
imperdonable”, sentencia mientras saca de una caja envejecida un puñado
de fotos de su familia.

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