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No pertenezco a la generación
de La Movida. Lo
siento, de verdad, porque son ellos los que han hablado, los que han escrito
estos días. Los que han contado de aquella libertad retorcida entre luces de
neón, de tantos cigarrillos a medias por las calles de Madrid, de tantas noches
canallas. Aquellas noches eternas, vividas junto a Antonio, compartiendo
acordes, desafiando, unas veces, entregándose, otras, al lado más oscuro de la
vida...
No pertenezco a la generación
de La Movida. Lo
siento. No sé de cuando la heroína esperaba en esquinas y portales... Tampoco he
compartido whiskies con aquellos rebeldes que hacían de las cuerdas de una
guitarra un arma más poderosa que la de
cualquier ejército, ni he salido a la calle con el pelo teñido de naranja para
llamar a esa libertad tan perdida, tan robada y tan soñada...
Nací cuando Antonio Vega ya
había escrito Chica de ayer. Lo había hecho dos años antes, y por aquel
entonces, Nacha Pop preparaba el disco Buena Disposición.
Crecí, escuchando aquella
canción. Cada sábado, a las siete de la mañana. Apoyada en la ventana de mi
habitación, mientras los últimos salían de la discoteca de mi abuelo. Aquella
canción, que interrumpía confesiones de barra y besos de alcohol, y que sonaba
tan diferente a las demás. Distinta, porque después, se cerraba la puerta y
llegaba el silencio. Un silencio enorme, y distinto a cualquier otro silencio,
que no he vuelto a escuchar nunca en ningún otro sitio. El silencio de los
abrazos de los que habían ganado aquella noche,
de los vasos estallados en el suelo por todos los que habían perdido
aquella noche. Mientras yo pensaba en qué difícil es ser mayor...
Mientras el disco de Antonio seguía
girando en el tocadiscos...
Crecí escuchando aquella
canción y después, sin saber cómo ni por qué, aquella canción se convirtió en
mi canción. La que siempre le pedía a Domin, el dueño de El Avión, ese bar de
referencia que cada uno tiene en el corazón, y que ha sido testigo accidental
de tantas noches, secretos y vergüenzas.
Aquella canción, que sonaba
al fondo, mientras buscábamos
explicaciones lógicas a lo ilógico del amor y del desamor... mientras,
poco a poco, nos íbamos haciendo mayores y nos resistíamos a crecer. No sabes
las ganas que tengo de ir al Avión a tomarnos unos whiskies y escuchar La Chica de Ayer... me decía mi
mejor amiga Cris, entre sesión y sesión de quimio... Era nuestro reto... volver al Avión, y escuchar
La Chica de
Ayer... Y ganar al cáncer. Volvimos.
No pertenezco a la generación
de La Movida. Lo
siento. Y esta no es una gran historia. Es sólo la mía. Pero supongo que eso era, es, Antonio. Esa
historia, la de Cris, la de Laura y Manuel, la de Eva, la de Luis, la de todos
los que el martes por la noche, seguro, a la misma hora escuchábamos las mismas
canciones. Descubriendo la melancolía de Antonio hasta en los gatos que arañaban
la basura del contenedor.
Recuerdo el último concierto
al que fui. Apareció en silencio, cantó sus canciones, y se fue también en
silencio. Sabíamos que volvería porque faltaba una. Faltaba aquella canción. Y
volvió. Dando la sensación, como siempre, de que compartía tanto, y al mismo
tiempo, de que se lo estaba callando todo.
Como entonces, éste es su
concierto inacabado. Antonio volverá, seguro que vuelve, porque todos
seguiremos siempre esperando ese bis...

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Un Antonio de petit comité. Que cada uno compartía con unos pocos y generalmente siempre con los mismos.
De nuevo gracias!