 Canarias/ Este proyecto realizado en colaboración con los Estados Unidos fue
posible gracias al uso de un pequeño submarino no tripulado, que cruzó
el Atlántico en algo más de siete meses.
Los investigadores Antonio González Ramos y Jorge Cabrera, adscritos
respectivamente a los departamentos de biología e informática de la
Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (Ulpgc), participaron
recientemente en el primer viaje en la historia de la oceanografía que
de forma submarina, gracias a una sonda no tripulada, conectó Estados
Unidos y Europa con el fin de cartografiar en tres dimensiones el fondo
marino.
La tarea fundamental del equipo de la Universidad canaria fue “el
suministro de información de satélite en tiempo real”, según explicó
González Ramos, que además integró la expedición que después de siete
meses recogió en aguas españolas –frente a la costa gallega- el ‘Slocum
Glider’, un mini submarino de dos metros de largo no tripulado que
consumió en recorrer los 7.409 kilómetros que separan Baiona de Nueva
Jersey 0,5 litros.
El investigador explicó que la misión –realizada en colaboración con la
Nasa y la National Oceanographic and atmospheric administration (NOAA),
además de la Universidad americana de Rutgers- comenzó el pasado 27 de
abril, cuando desde la costa americana fue lanzada la sonda, que navegó
todo el tiempo entre una profundidad de 40 y 120 metros. En su
trayecto, este dispositivo fue lanzando vía satélite distintos
parámetros que permiten ahora “tener el paisaje meteoceánico donde
navegó”, según dijo.
La importancia de esta misión, indicó González Ramos, radica no sólo en
los datos obtenidos del fondo marino, sino de la apertura de esta ruta
en profundidad de la que hasta ahora se desconocía si era posible de
cruzar. “No existía un sistema de guía por la falta de conocimiento de
las corrientes”, dijo.
Precisamente estas corrientes han tenido mucho que ver en los bajos
consumos de carburante del sumergible, ya que este dispositivo las
aprovechó para ser arrastrado y “planear” gracias a sus aletas
laterales. Los investigadores destacaron que los últimos 300 kilómetros
“fueron los más difíciles”, ya que las fuertes corrientes “junto al
lastre por culpa de los percebes” hicieron desviar el rumbo del aparato
hacia el suroeste, lo que les obligó a salir a su encuentro el 4 de
diciembre.
Durante los siete meses de recorrido, el aparato, de 60 kilogramos de
peso y 2,40 metros y 100.000 euros, sufrió varias “amenazas
biológicas”, ya que fue atacado presuntamente, según los datos de los
integrantes de la misión, por varios calamares gigantes. Éstos, junto
con la adhesión de percebes según avanzaba el recorrido, fueron dos de
los principales riesgos que sufrió el pequeño submarino, que será
colocado en un museo norteamericano al lado de la cápsula del Apolo XI,
después de conseguir “un importante logro” para el mundo de la ciencia.
Con la apertura de este ‘canal submarino’ del que ahora se conocen sus
datos esenciales, se inaugura una ruta que en el futuro podrá ser usada
por otros dispositivos similares con equipos más avanzados que permitan
recolectar datos sobre el fondo marino de forma mucho más económica y
segura que los actuales barcos oceanográficos.

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