A las siete en punto arrancó la
cabalgata. Quince carrozas acompañaron a Sus Majestades de Oriente en su paso
por Santa Cruz de Tenerife. Dos carrozas de luz y color portaron la estrella de
Oriente que guió a Melchor, Gaspar y Baltasar. Y la mirada de los niños hacia
ellos.
Cada uno de los Reyes Magos estuvo cortejado por el tradicional
séquito con vestimentas motivadas en los antiguos pueblos egipcios y hebreos.
Dos pajes, vestidos de blanco y azul, custodiaban a los divinos astrólogos. Unos
pajes concienciados con los tiempos que corren y los excesos de una noche como
esta, de ahí que repartieran que repartirán caramelos para niños diabéticos y
celíacos.
El resto de las carrozas presentaban su propio motivo. La
estrella, la luz y burbuja, el Oro, el Club Deportivo Tenerife, Danone, la
Federación Tinerfeña de Murgas, Cuentos Infantiles, El Corte Inglés, La Mirra o
el Incienso o películas como Cars, Magadascar, la Edad de Hielo, Mary Poppins,
fueron algunos de los motivos.
La luz y la espectacularidad fue puesta
por cientos de figurantes, así como rebaños de cabras, ovejas y malabaristas que
atraían miradas y provocaban sonrisas y, por qué no decirlo, algún que otro
llanto entre los menudos.
La comitiva fue abierta por la Banda Municipal
de Música y un dragón de quince metros que ya había participado en la recepción
de los Reyes Magos en el Estadio. Una veintena de caballos se erigieron a
continuación en atípicos anunciadores.
Tras la tercera carroza aparecía
Melchor, justo después de la octava, Gaspar. Baltasar, que un año más fue el más
requerido, y probablemente el más querido, no se dejo ver hasta casi el final,
tras el decimosegundo carruaje.

En cuanto al recorrido, no hubo
sustanciales novedades. Al salir del Estadio y descender por la Avenida de San
Sebastián, la comitiva paseó por Asuncionistas, Ramón y Cajal. Allí giró a la
izquierda en busca de las plazas Pedro Schwartz y Weyler. La parte final se
prolongó por Méndez Núñez, El Pilar y Villalba Hervás para concluir en la plaza
de La Candelaria.
En todas ellas, la fotografía deparaba decenas de
sillas y sillones apilados junto al margen de la acera con pacientes dueños que
esperaban el paso de aquellos a los que sólo se ve una vez al año. No por
esperado deja de ser una imagen llamativa.
Con la llegada de los
Reyes Magos a la plaza de La Candelaria volvió a escenificarse la tradicional
pelea entre los más pequeños para entregar las cartas cargadas de
deseos.
A diferencia de la noche de Reyes del pasado año, la lluvia no
fue una amenaza durante el recorrido. Si hizo acto de aparición el frío, desde
que la tarde venció al sol en el Heliodoro Rodríguez López.
SER
BUENOS
Tanto la recepción como la posterior cabalgata de los Reyes Magos
apelaron a la educación y respeto al medio ambiente, así como a la
concienciación en la creación de una ciudad accesible.
El Organismo
Autónomo de Fiestas previó la reserva de un espacio para personas discapacitadas
en la confluencia de las calles Robayna y Mendez Núñez.
Antes, en el
Estadio, el cuento sobre el que se estructuró la representación apeló al cuidado
del medio ambiente, a través de imágenes del mar y de la tierra y de diferentes
imágenes monstruosas. Los globos sirvieron para representar el gasto del agua y
enormes telas azules el maltratado medio marino que rodea el
Archipiélago.
Al finalizar la cabalgata, que fue a buen ritmo, las
gargantas descansaron. La muchedumbre de disgregó hacia la calle Castillo y la
Avenida Anaga, en cuyo mercadillo aprovecharon muchos, más allá de la crisis,
para hacer alguna compra de última hora.
La noche acabó como debe. Sus
Majestades recorrieron la capital durante la madrugada para dejar sus regalos y
dar de comer a sus camellos. Seguro que la mañana amanece con sonrisas. A los
que hayan sido buenos, claro.