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¿Por qué hace falta el equipo del SEMAI? ¿Qué hacen las mujeres si ven peligrar su
estancia allí y se quedan sin apoyo?
Para todos aquellos interesados en este gravísimo problema que afecta no sólo a este
colectivo, sino a la sociedad en general, quisiera puntualizar algo que me parece
básico.
Cuando una persona, sea quien sea, decide denunciar a su agresor, está dando un paso
que no sólo es duro para ambos sino que causa mucho sufrimiento a su alrededor. Se
trata de un sufrimiento endulzado por la esperanza de que será para conseguir salvar
vidas, pero no deja de causar dolor y de trastornar las vidas de todo los de su
entorno.
Ese paso no es suficiente, ni mucho menos, para romper la relación de dependencia
psicológica y emocional que SIEMPRE acompaña al maltrato continuado. Es necesario un
trabajo posterior muy complicado y largo, para que la víctima consiga recuperar su
independencia psicológica y emocional.
Muchas de las mujeres que piden asilo, las que activan el DEMA en el momento de
poner la denuncia y después solicitan una plaza en una casa de acogida, piso
tutelado, etc., entran allí con la esperanza de que una vez allí, lejos del entorno
habitual en el que hasta ese momento se había desarrollado su vida, podrán salvarse
en todos estos sentidos. Se les promete seguridad. Se les promete ayuda psicológica
para sobrellevar lo que se les viene encima. Se les promete asesoramiento legal para
todo lo que necesiten. Se les alienta a comenzar una nueva vida, se les promete toda
la ayuda económica, social, laboral que necesiten para convertirse en las mujeres
que quieren ser: libres e independientes. Y fuertes y sanas. Y sobre todo, se les
asegura que estarán en un lugar secreto, seguro.
Son mujeres que han tenido que abandonar sus hogares en el momento de poner la
denuncia y que no han tenido otro lugar en el que refugiarse. Ese momento implica,
además, cambios de todo tipo: de centro de salud, de colegios para sus hijos, en
muchos casos incluso de abandono del puesto de trabajo. Entran allí con las manos
vacías, con el corazón destrozado, con la autoestima anulada, y en demasiadas
ocasiones con el cuerpo herido.
Las casas de acogida y los pisos tutelados no son hoteles. No te van a tratar como a
una reina. No te van a mimar. No vas a encontrar silencio, ni tranquilidad, ni
siquiera seguridad (sólo una de las casas tiene vigilante de seguridad por las
noches). Lo que vas a encontrar allí es ruido, nervios, crisis de ansiedad,
insomnio, desesperación, peleas. Pero en medio de todo eso, cuentas una hora a la
semana con una psicóloga maravillosa que te recuerda por qué estás allí y te ayuda a
recobrar las fuerzas para seguir. Y una abogada que te asesora cuando tienes que dar
un paso legal, y otro, y otr. Y unas trabajadoras sociales que desde la oficina
comarcal, igual que la abogada, están tratando de ayudarte a preparar tu futuro
fuera de la casa.
Pero a pesar de todo eso, y de lo mal que lo pasas, y de todo lo que te enseñan allí
para que puedas comprender el proceso del maltrato, la dependencia emocional sigue
en el fondo. No has denunciado a un desconocido, sino a tu padre, o a tu hermano, o
a tu novio, o a tu marido, o a tu ex. Has mandado al calabozo y puede que a la
cárcel a un hombre que debería representar para ti el amor y el respeto. Alguien a
quien has querido. Y las noches en que lo echas de menos se llenan de lágrimas
mientras imaginas cómo está él POR TU CULPA. Al día siguiente, o en menos de una
semana, tienes de nuevo a tu psicóloga recordándote que eres la víctima, no la
culpable. Y vuelves a respirar un poquitito.
No es nada fácil vivir así. No es justo. Desde un primer momento, desde que entran
en el DEMA; ya desde ese instante, pueden hacerse una idea de lo que les espera de
ahí en adelante. La convivencia es dura, las normas de las casas, la sensación de
que han encarcelado a la víctima en vez de al culpable... Cualquier mujer que haya
pasado por esa experiencia sabe de lo que hablo. Y podría hablar mucho más.
Pero para muchas, por desgracia, no hay otra opción. Es lo que toca. Y todas ellas
sin excepción son auténticas luchadoras, supervivientes, que están simplemente
luchando por seguir con vida. Tienen derecho.
Lo malo es que ahora, en estos momentos, se están quedando sin la ayuda que
necesitan para luchar por ese derecho. Sin una psicóloga que te explique que no
estás loca ni él tampoco, que te enseñe en qué consiste el ciclo de la violencia ni
te aclare qué tipos de maltrato has sufrido, puedes correr el peligro de volver a
caer en la misma trampa. A veces es tan desesperante tener que convivir con personas
que no respetan las reglas mínimas de higiene, por ejemplo,o soportar a unas
empleadas sin preparación de ningún tipo ni modales que hablan menos que gritan, que
muchas de las víctimas buscan agarrarse a cualquier clavo ardiente que las saque de
allí. A pesar de todo, siguen creyendo en el amor, en la pareja, esperando encontrar
a un compañero con el que formar el hogar que no tuvieron. Y la desesperación es
mala consejera, sobre todo cuando el proceso de curación psicológica apenas ha
empezado.
Vi a más de una preferir regresar con su maltratador a seguir en ese ambiente feroz
en el que se sentían maltratadas por una multitud de desconocidas. Y como era de
esperar, tuvieron que volver a comisaría, al DEMA, a otra casa de acogida...
También vi cómo otras se ilusionaban con las primeras palabras bonitas que cualquier
desconocido les dedicase, y que caían en la trampa de estafadores, que les hacían
daño, se burlaban de ellas, les robaban y las dejaban en la estacada.
Todas ellas son sólo mujeres que quieren vivir, que quieren ser amadas, nada más. Y
que tienen mucho amor que dar, pero se lo dan a la persona equivocada.
Ahora, con lo que la pésima administración de FUNDESCAN ha conseguido, temo que
muchas estén buscando urgentemente esos clavos ardientes a los que agarrarse antes
de que el barco se hunda del todo.
Sobre las conciencias de los que han cerrado las oficinas comarcales y que han
dejado a esas mujeres sin tener quién las asesore directamente caerá lo que a ellas
les suceda.
Yo desde aquí voy a hacer lo que esté en mi mano para que la gente sepa lo que está
sucediendo, para que ellas sepan que no están solas, que hay alguien aquí fuera que
sabe lo que ocurre y que hace algo por ellas.

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