 España se impuso a Francia en Saint-Denis (0-2) sin meter la máxima
velocidad de la que es capaz, sin necesidad de forzar en el juego de
toque y trenzado que ha caracterizado a la campeona de Europa, que
rompió una racha de casi 42 años sin ganar en territorio galo.
Los de Vicente del Bosque afianzaron su condición de favoritos para el
Mundial de Sudáfrica en el primer ensayo del año, que también será el
último antes de la serie de partidos previos al inicio de la
competición africana.
Fue una victoria de prestigio más
por la historia que tiene Francia, subcampeona mundial, que por su
estado actual de juego, impropio de una grande del mundo.
Sin necesidad de hacer un gran partido, España se marchó con una
victoria y dejó la impronta de un equipo cuajado, sobrio, tranquilo y
confiando en sus armas.
Sólo necesitó de un par de hachazos para desarbolar a una Francia
pobre, descosida, sin identidad ni recursos, carente de rumbo, a la
deriva.
Villa y Sergio Ramos marcaron dos tantos sin que España tuviera muchas
ocasiones. Fue suficiente para decirles a las 80.000 almas que
abarrotaron el Estadio de Francia quién es el capo del fútbol actual.
A España le habían atemorizado más las rachas previas que la propia
Francia. La serie negra de partidos sin victoria en terreno galo y el
recuerdo de los octavos de final del Mundial de Alemania, en el que los
franceses, dirigidos por Zinedine Zidane, se deshicieron de la
selección de Luis Aragonés, otorgaban a Francia el beneficio de la
duda.
Por eso salieron con respeto, sin que España tuviera el balón como
acostumbra, pero sin estar tampoco a merced de los franceses.
El partido parecía de guante blanco, un amistoso con dos formaciones
que ni mordían ni enseñaban los dientes, que se tomaban su tiempo para
tomar posesión de un frío Estadio de Francia, que recibió con
indiferencia a su equipo y con animadversión a su seleccionador.
El partido sin brújula tomó un ritmo claro cuando Villa abrió el
marcador. Culminó una jugada que había iniciado Iniesta y dejado pasar
con maestría Silva para dejar al asturiano sólo ante Lloris, que picó
en su amago de cadera y se resignó a ver el cuero entrar en las mallas.
Ahí se acabó Francia. Se vieron sus vergüenzas ante una selección
española que comenzó a sentirse más cómoda, que comenzó a controlar el
partido.
España no tuvo que hacer mucho trabajo para abortar las embestidas
francesas, casi siempre nacidas de las botas de un enrabietado Ribéry,
visiblemente disconforme con su ubicación en la banda derecha, un
exilio al que le forzó Domenech para mantener a Henry en la izquierda.
Pero los de Del Bosque controlaron la situación hasta esperar una nueva
oportunidad, que llegó en las botas de Sergio Ramos. El defensor se
aprovechó de un balón que despejó Escudé y despistó a Lloris.
Tras el descanso el partido ganó en vistosidad, animado por el carrusel
de cambios al que procedió Del Bosque. España tuvo más el balón y
Francia naufragó todavía más, pendiente de una grada que silbó a los
suyos y acabó coreando a España, con "olés" a los pases de un equipo
que renunció a meter la directa.
Los "Domenech dimisión" cobraron más protagonismo a medida que el
público constaba que sus jugadores dejaban ultrajar su estadio con
impotencia, sin ni siquiera acercarse al área de Casillas.
España asistía relajada al naufragio, sin meter el dedo en la llaga. La
salida de Torres dio un poco más de ambición a los españoles, pero sin
forzar. No hacía falta.
Francia se autodestruía sola. Ribéry se perdía en las querellas
internas. Recuperó su puesto en la banda izquierda pero duró poco en el
campo. Fue sustituido entre más silbidos de la grada.
Los galos no amenazaron la calma española. Un postrero cabezazo de
Malouda a centro de Cissé que se estrelló en el palo quedó como el
último estirón de un equipo que parece morir. España asistió, de paseo,
al deceso. Navas pudo marcar en el último suspiro pero ya no había que
hurgar más en la herida.

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