Jueves, 29 de Septiembre 2022 

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01 Jul

¿El decurso de la especie humana en el planeta se podría considerar como una aberración de la evolución? Probablemente, nadie será capaz de responder esta cuestión. Aun así, si tuviera una respuesta afirmativa, se podría inferir que más tarde o más temprano, la misma pauta evolutiva, por circunstancias de supervivencia, terminaría engulléndola. Y el comportamiento de nuestra especie, impelido por una enfermiza curiosidad manipuladora, acelera este proceso. ¡Qué distinto sería el planeta que hollamos sin nuestra presencia! ¿Podemos imaginarlo? ¿Podemos columbrar un planeta sin heridas, sin cicatrices? ¿Un planeta, ajeno a invenciones y experimentos perturbadores? La presencia, masivamente invasora, de los homínidos ha subvertido el orden y la armonía de la Tierra. A este respecto, y como escribió Schopenhauer, "el hombre ha hecho de la Tierra un infierno para los animales". Pero no solo para ellos. Aún no hemos aprendido el lenguaje del viento, de la lluvia, del sol efímero; del musgo y del verode. Pero ellos no dejan de hablar, de susurrar.


El ser humano —quizá inconsciente, quizá inevitablemente— avanza, y cada vez con mayor empeño, hacia su final. Pero antes de la extinción no sería improbable que la especie se escindiese en dos. Y en ese avatar, aunque parezca una contradicción, la menos desarrollada –la que escuche el clamor de la tierra- podría sobrevivir a la otra.

La superpoblación del planeta es una amenaza que no conviene descuidar. Si descartamos un parón evolutivo o un retroceso, ¿qué vías quedan para evitar los problemas que continuamente creamos? Un cambio de orientación en las conciencias "creadoras y manipuladoras" parece descartable, a tenor de las pautas que rigen nuestra existencia. Hemos quebrado el equilibrio natural y las consecuencias previsibles, se verán jalonadas por hitos impredecibles.

El planeta no podrá resistir nuestra feroz presión depredadora, destructiva y generadora de residuos. La imparable masificación es peligrosa, terriblemente peligrosa. Si los controladores, hasta ahora conocidos, del crecimiento demográfico: plagas, enfermedades, guerras, atentados... se han erradicado o dominado en parte; si el tiempo de vida aumenta sin cesar, aunque lentamente, ¿qué ocurrirá en un futuro no muy lejano? ¿Hacia dónde nos llevará antes de que sobrevenga el final? Un tiempo antes de este suceso, no es improbable que la especie más evolucionada pueda migar del planeta Tierra. ¿Cuál o cuáles serán sus destinos? ¿Se darán las condiciones para la vida o se crearán? ¿Se adaptará la especie humana a ellas? ¿Habrá aprendido de los errores terráqueos o arrasará los nuevos andamios cósmicos?

Nuestra curiosidad nos lleva a inventar todo tipo de artilugios; y, lo saben bien los menos codiciosos, muchos de ellos inútiles y prescindibles. Se idean y fabrican aparatos e ingenios con una velocidad, en algunos casos, difícil de procesar por los destinatarios. El lema de "renovarse o morir" ha adquirido una realidad insoslayable. Si te quedas parado, las cadenas de la apisonadora humana te hundirán en la nada.

¿Qué cosas pasarán en el futuro? Sea lo que sea, un destino que no podemos controlar nos enreda en laberínticos de arena, donde nos empeñamos en trasvasar el agua del mar a los diminutos y efímeros pozos de la orilla.

A la sombra de un flamboyán, teñido de grana, pensaba estas cosas y aun otras que no nombro. Pero, sobre todo, en lo finito de la vida, en sus muchas amarguras y escasos placeres; hasta en lo absurda que podía ser la existencia, el conocimiento. Aunque, calificarla de absurda me parece impropio; la dejaré, pues, desnuda, sin matices, y que cada cual la vista como considere.

Y pensaba en lo antedicho después de observar como un lagarto atezado y nada magro se asoleaba en la alta pared cercana, apartado de la sombra del árbol. Asustado por mi repentino movimiento huyó por el muro. Corría paralelo al suelo, sin desplomarse, sin equivocarse; con elegantes zancadas, sin volver la vista. Era una huida elegante. Sin vacilar, después de recorrer a gran velocidad unos siete u ocho metros, se ocultó en un agujero. Al rato, salió de nuevo al sol de la mañana. Con cierta burla centellante en sus ojos.

El escamoso saurio, quizá con menos coeficiente intelectual que yo, era capaz de desplazarse por la pared sin caerse, sin temor. Y eso era todo un prodigio para mí, algo que yo jamás podría realizar. Lo único que podía hacer era maravillarme con su habilidad y capacidad; su equilibrio, su seguridad.

Le veía y no se si le admiraba. ¿Qué pensaría él de mis divagaciones, de mis incertidumbres? Nuestras miradas se equilibraban sobre un soplo de brisa muda y evanescente; cargada de sospechas. El reptil ignoraba el ayer y el mañana; las amarguras pretéritas y las venideras adversidades. Desconocía que su vida, hiciera lo que hiciera, se acabaría. Y también desconocía la suerte de ignorarlo.
Nos separamos; recelosos, ambos. Y sin duda, yo más conturbado, en este verano tornadizo.

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