Miércoles, 5 de Octubre 2022 

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10 Dic

La propiedad, como el pudor, es un concepto antinatural; y como tal puede ser rechazada. La propiedad causa desigualdades y es manantial fecundo de pasiones sórdidas: avaricia, soberbia, ambición...; y lo que de ellas se deriva: altercados, contiendas, disputas... Así lo entendieron los pensadores anarquistas; y así lo manifestó, sin cortapisas, P. J. Proudhon. Pero tan enraizada está en el componente genético –en su ansiedad acumulativa- que tratar de extirparla sería un acto vano e iluso. La fuerza mental se ve impotente para virar de rumbo. Que algo tan dañino y artificial haya prosperado y sea el eje sobre el que gira la acción humana es de lo más paradójico.


La propiedad ha sido elevada al olimpo y es un diosa venerada; tribus, castas, linajes, clanes... la defienden a ultranza. Ningún ser vivo -excepto el hombre- se considera rico o pobre. Ninguno conoce la codicia; ninguno desdeña a sus congéneres por tener o no tener madrigueras, nidos o cubiles; o ser de inferior calidad.
-¿Calidad? ¿Qué es calidad? Preguntó la zarigüeya al puercoespín. Pero nadie respondió. Nadie tenía respuestas en el bosque de las brumas.
Tan importante es la riqueza –y sus circunstancias- que en nuestra concepción vital una persona alcanza el éxito y triunfa cuanta más haya acrecentado su patrimonio, su propiedad. Salió de la nada, no tenía donde caerse muerto, ¡y mira dónde ha llegado!, se oye, a veces. Y de hecho, se mira con envidia –que no otra cosa- a quienes han conseguido hincharse de medios materiales, de propiedades. Y lejos de serenar el espíritu con otros viáticos, tratamos de emular a esos "privilegiados"; y de no conseguirlo, se puede caer en el fracaso y la frustración.
Decía una mujer -con larga experiencia de vida- que el dinero era un invento del demonio, que no había nada peor. Se puede afirmar que un número elevado de personas viven para hacer dinero, con esa única finalidad; y eligen su actividad laboral en función de las expectativas crematísticas. El fin es el dinero; los medios no importan, los que sean necesarios; sin escollos. Envidiamos -¿admiramos?- los suntuosos palacios, mansiones, automóviles y yates de los potentados; los fastos de sus existencias; sus estilos de vida, que marcan tendencia; incluso, las sandeces que sueltan, que repetimos como lemas. La codicia y la ambición se han apoderado de nuestra voluntad. No somos como los demás "primates", que se sacian; el homo sapiens está condenado a no alcanzar el límite. Recuerden aquella paradoja del filósofo Zenón de Elea (490-430 a.C), donde la tortuga le gana la carrera a Aquiles. Hasta que se descubrió el cálculo infinitesimal nadie pudo rebatir esa aporía. ¿Cuándo se podrá impugnar la paradoja humana de que la ambición, la codicia, la soberbia... no conocen el límite?
Si a los humanos les dijeran que una sala se halla repleta de tesoros y que disponen de un minuto para entrar y coger los que apetezcan y que transcurrido ese tiempo la puerta se cierra, muchos se quedarían atrapados. Eso les pasa a los corruptos que han fijado su meta en el poderoso caballero. Tal es así que se puede sostener que la corrupción es la situación normal y la honradez hay que demostrarla. Es decir: todos somos corruptos hasta que se demuestre lo contrario. Se han perdido los valores –lo que antes se encomiaba como virtud- y el dinero es la única razón, el único impulso vital. No es ya solo cuestión de sancionar procedimientos delictivos, es cuestión de reeducar o educar al ser humano. Este culto insaciable al materialismo, al hedonismo, es la frontera del caos y la destrucción. Como decía Erasmo de Rotterdam, el hombre no nace, se hace. Pero hay que saber hacerse. Ahí radica la cuestión. No se puede cifrar la existencia en tener sino en ser.
Pero todos caemos en la trampa de la codicia. Unos, se embadurnan en ella, como elefantes en el fango; otros, aguardando, anhelando una oportunidad para hacerlo. La mayoría –cada uno en el nicho social donde merodea- sucumbe al aroma del néctar y no hay voluntad para la honradez y la austeridad. Solo cuando ya es tarde y se desciende hacia el ocaso, se vislumbran la sencillez y la serenidad de una vida ajena a las ambiciones tangibles.
Si alguien se aparta de la sociedad asfixiante y se encueva en algún paraje solitario, a vivir en armonía con la naturaleza, pocos o ningún seguidor tendrá. Le tildarán de orate de la espelunca, cuando menos. Y eso que, in illo tempore, se encomiaba el Beatus ille...
Se habla en los medios de comunicación, y en otros foros, de que hay que compartir; pero la propiedad está reñida con la dación. Los que pagan impuestos lo hacen por obligación; y si está a su alcance, pueden llegar a defraudar sin sonrojo. Todo es un disfraz de entelequia ocultando hipocresías. Nadie da nada sin esperar algo a cambio, ya sea material o espiritual.
Para concluir esta breve reflexión, permitan que evoque la figura del insigne marino y gran patriota español –de Pasajes, Guipuzcoa- don Blas de Leza y Olavarrieta (1689-1741). Conocer y valorar su abnegación, espíritu de sacrificio, afán de servicio, honradez y lealtad a los principios puede ser un necesario punto de inflexión en el tráfago que nos envuelve. Confiemos que las imperecederas sombras del monumento a su memoria, sito en la plaza de Colón de Madrid, alcancen con poderío los despachos de quienes diciéndonos que sirven al pueblo, solo se sirven a sí mismos. Servir es otra cosa y quien no lo sepa que repase la biografía de tan ilustre marino.
El almirante Patapalo- cojo, tuerto y manco- fue un español incorruptible, y un esforzado defensor de los anhelos patrios, sin estrechez de miras. Sin duda, su máxima aspiración fue la íntima satisfacción del deber cumplido. ¿Cuántos personas pueden decir lo mismo? Hora es de conocer su vida y de reconocer sus méritos; y también, de agradecer a quienes tratan de difundir y perpetuar su legado.

Eugenio Fernández Murias

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