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04 Ene

"Connotaciones animales"

"El hombre ha hecho de la tierra un infierno para los animales"
Schopenhauer
¿Son los humanos los seres vivos más importantes e inteligentes del Universo, como pensamos? Obviamente, puede depender de la criatura a quien se pregunte. Mas si alguien afirma categóricamente que el erectus lo es, quizá sea un ignorante engreído. Pueden existir –¿coexistir?– variadas y desconocidas formas de inteligencia. Los sapiens parecen conocer tan solo una; y por esa, rigen y gobiernan a las demás criaturas. 2+2=4 se ha convertido en un aserto apodíctico, indiscutible. Eso es así para nuestra estructura cerebral; lo que no descarta que para otras inteligencias sea un error y 2+2 sea igual a 5. Incluso es posible que no conozcan ni precisen de ese concepto. La duda –y la diversidad– es el dogma de los sabios.


Lo que se inserta a continuación excluye el maltrato y la tortura a los animales (de sobra conocido y no por todos vituperado). Tan solo nos detendremos en el lenguaje y en cómo los humanos hemos echado mano de otros seres vivos para significar actitudes o connotaciones peyorativas e insultantes, en la mayoría de los casos. Quizá deberíamos borrar del lenguaje esos apelativos insolentes que solo reflejan la estupidez humana. Las distintas especias animales se relacionan entre sí con un lenguaje único y universal, sin necesidad de intérpretes. Los animales son tan superiores que ignoran nuestro proceder. Qué maravillosa lección! Si fuera al revés, más de uno se irritaría de veras y les enmendaría la plana.
Veamos este sencillo relato.
Era temprano; por el sendero venía Melchor con cara de perro. ¿Qué le habría sucedido? Le habrán dado gato por liebre?
–Perra vida! –bufó de lejos, a guisa de saludo, erizado como un puercoespín.
Aquel hombretón –fuerte como un búfalo –parecía un gato escaldado. ¿Se habría vuelto un hurón, ese pulpo insoportable? A mí no me la da. A otro perro con ese hueso.
Primero, Adán Nasos; un lince para los negocios. Como ejecutivo, un león sin escrúpulos, sin entrañas. Luego, Adelita, su cuñada. ¡Menuda urraca! Esa rata se quedó con el dinero de los dos huerfanitos. De todos modos, allí había gato encerrado. Hummm!
–Qué pasa, tigre?
Mi saludo fue sesgado; como un chorro de orina marcando el territorio.
–Macarena, esa víbora, la recuerdas?
–La que se puso como una foca?
–Sí, menuda vaca. ¿Te puedes creer que era el topo de la empresa? Te queda algo de caballo? No, pero conozco a un camello, le respondí. Qué burro fui! Se lo chivó al buitre de Andrade. Y desde entonces el zorro del inspector me pisa los talones. Se me puso flamenco, el tío. ¿Qué te piensas? Al loro, me dijo; te aplastaré como una cucaracha. ¿Lo captas, pollo? Será mi canto de cisne pero te enchirono, como que me llamo Andrade. ¡Deja de marear la perdiz! Eres un puto sabueso amargado. ¡Piérdete! Estás como una cabra, Macarena. Cállate, ganso! Valiente lagarta. Pagarás el pato, gallina! ¡Sabandija! Nasos –cuando llegó Buendía, el de Recursos Humanos que había sido lobo de mar en su juventud, un águila para los negocios–...
–Aquel escarabajo que... Un tiburón, le conozco bien. Es un pájaro de cuidado. A ese cabrito ni los buenos días. El muy cerdo no tiene escrúpulos.
¬–Ya te digo. Un gallito, con espolones de acero, desde luego. Siempre escurriendo el bulto y haciendo novillos. El trabajo le escuece, no es como nosotros. Como te decía, Nasos me dio con la puerta en las narices. Eres la oveja negra, ¡piérdete! ¿Te lo puedes creer? Me dejé la piel en la empresa, les di lo mejor de mi, fui un burro de carga. ¿Y para qué? Mira cómo me lo pagaron. Pero con esos halcones no puedes hacer nada. También se llevaron por delante a Cosmín; pero ese siempre fue una hormiguita y con los ahorros salió adelante.
–¡Caracoles! ¿Qué me estás contando? Pero si eras camaleón, una ardilla. ¿Cómo pudiste meter la gamba?
–La Luchy ...
–La Luchy...? No me lo puedo creer. Si era una corderita. Cuántos renacuajos tiene ya? Recuerdo que esa coneja siempre estaba preñada.
–Si, si, parece una mosca muerta pero es peor que una langosta. Está con Buendía que parecen dos tortolitos. Se le ha pegado como una lapa, con la almeja babeando. Si supieras... Me dan asco, Severino.
–Una jirafa; siempre tuvo cuerpo de gacela. Menuda pantera, la Macarena.
–Ya no. Chiquita fiera. Cuando se enfada echa sapos y culebras. Ha cambiado de marmota tres veces; y de canguro, ni te cuento. Nadie la aguanta Es más falsa que una mula, lo mismo llora que ría.
–Lágrimas de cocodrilo, va. O sea, que te ha salido rana. No sabía que tenía tan malas pulgas. ¿Y Herminio? ¿Qué es de Herminio, aquel ratón de biblioteca? Siempre fue el mirlo blanco, ¿verdad?
–¡Qué coño! Un besugo, lo que es. Más maricón que un palomo cojo. Eso sí, está hecho un toro. No sale del gimnasio. Se entiende con el jefe y ahora es quien corta el bacalao; en la sombra, claro. Le regaló un descapotable pero dudo de que pueda mantenerlo.
–Oye ¿y del conserje que me cuentas? Era lento como una tortuga. ¿Sigue igual ese cabeza de chorlito? ¡Qué cotorra!
–Un merluzo, como entonces. El mismo moscón de siempre; el chinche que conociste. Duerme como un lirón y siempre pensando en las musarañas. Anda en babia, distraído; como si fuera un periquito. Se ha convertido en un mono de feria; un lechón hediondo. ¡Bah!, está como una chota. No sirve para nada, esconde la cabeza como un avestruz. Es un gusano repelente, te lo aseguro.
–Que se joda, siempre fue algo pavo. ¿Y qué vas a hacer? Tendrás que enfrentarte a esas alimañas, arrimar el ascua a la sardina. Si esperas que te llamen...
–La Mary Paz, que siempre fue algo avispada, me dice que no sea cernícalo, que me achante. Pero esos vampiros no me chupan más sangre. Que se jodan! Nasos y Buendía andan a la greña desde que Adán es el delfín del nuevo presidente. Estoy harto de cantos de sirena. No quiero nada con esos chacales, con esas sanguijuelas. ¡Perra vida, Severino!
¡Pobre penco! Si no espabila se morirá como un chucho. Cuando le conocí tenía muy malas pulgas; era una hiena. Los años le han vuelto mariposilla.
El automóvil gris pasó veloz y lo arrolló en el paso de cebra; con sus pantalones de elefante cubiertos de sangre.
–Fue culpa suya, ese tipo estaba como una chota.
Sin saberlo, el conductor le puso el cascabel al gato y le convirtió en el chivo expiatorio.
Melchor estaba desubicado, como un perro en misa.
Fue una caridad.

Eugenio F. Murias

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