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21 Ene

Entre el folklore y el ciudadano político, ¿qué eliges tú?

Los que me leen saben bien que no es la primera vez que hablo públicamente de esto del folklore en términos sociales, pero dada la persistencia en el error me veo obligado a profundizar un poco más, empezando por su definición. "Folklore: conjunto de tradiciones, costumbres, canciones, etc., de un pueblo, país o región".


Son arraigadas y multitudinarias costumbres que arrastran a las personas hacia un estado de falsa felicidad o momentáneo placer que al tiempo y mientras dura su efecto consiguen abstraerlas también de su realidad cotidiana. Encontramos aquí a la mayoría de folklores que ustedes conocen, entre ellos el fútbol y otras tantas manifestaciones deportivas masivas, las fiestas populares, los carnavales, los festivales de música y también, sí, la telebasura. Son los folklores más tradicionales y enraizados en nuestra idiosincrasia, pero hay un folklore moderno de corte social convertido ya también en tradición y costumbre y no exento de satisfacción personal, pero que a diferencia de los ya mencionados no te abstrae de tu realidad cotidiana en absoluto. Me estoy refiriendo a todas las expresiones generalizadas de descontento popular ante la debacle social y política que vivimos, que toman forma en manifestaciones, concentraciones, manifiestos, panfleteo cibernético, conversaciones de bar y alguna moda más. Es esto también folklore, sí, más que le pese a más de uno. Es folklore porque deja de tener efecto de cambio alguno, desde el instante en que convertimos a la protesta social en tradición y costumbre, puesta como un elemento más del paisaje urbano actual, asimilada por todos, inocua por tanto. Como inocuas son hoy las manifestaciones ciudadanas de indignación masiva, y lo seguirán siendo hasta que se conviertan en verdaderamente masivas, no del todo pacíficas y mantenidas en el tiempo, una semana, un mes, tres meses hasta conseguir por presión que el sistema ceda. Todo lo que no sea eso son brindis al sol que olvidan contra quien protestan. Veámoslo sino.

¿De qué sirve airear lo corruptos que son por lo general todos nuestros políticos, o lo ineptos, o lo vendidos que están al poder económico?; ¿para qué sirve gritar ¡Queremos trabajo!, ¡fuera privilegios!, ¡eliminemos el Senado! y otras sensatas y justas proclamas? ¿Acaso hay alguien ahí arriba dispuesto a escucharnos?, ¿alguien capaz?, ¿alguien lo suficientemente preocupado?, ¿alguien con el coraje suficiente? Ayyyy, mi buen ciudadano indignado: ¿no te das cuenta que entre nosotros y ellos se extiende un abismo insalvable? Así, podemos estar gritando en la forma de folklore social que más nos guste pidiendo unos muy justos y sensatos cambios durante años y ellos seguirán sin hacernos caso. No lo harán porque se sienten todavía a mucha distancia y bien protegidos, dado que controlan las reglas del juego político (una Ley Electoral que los favorece), controlan las reglas del juego económico (aliados con el poder financiero), controlan la propaganda (los medios de comunicación), controlan la fuerza (los cuerpos policiales), y con todos estos controles te controlan también a ti y a tus miedos. Y ya puestos, en el mejor de los casos, suponiendo que no fueran nuestros políticos tan malos como los estoy pintando y sí quisieran mejorar las cosas: ¿crees que podrían? Lamentablemente, yo creo que no. No porque desde hace ya bastante años y últimamente de forma casi generalizada, los que han entrado en política no han sido precisamente los más honrados, ni los más valientes, y mucho menos los mejor formados y preparados. Y esto ya parece una obviedad, con los Bárcenas, los Orioles, los Duranes, el ERE andaluz o el paulinismo canario, por citar algunos casos. Así, aunque quisieran, no sabrían cómo hacerlo, y en el peor de los casos, aunque supieran, no veo a ninguno con el coraje suficiente para pasar de la idea a la práctica.

Un ejemplo reciente más cercano de todo esto lo tenemos en el Ayuntamiento de La Laguna. Allí acudí hace unos días con una madre sola con hijos a cargo a la que van a desahuciar de alquiler en dos semanas. Había ido a los Servicios Sociales con antelación y poco menos que la habían echado de allí como a agua sucia, y ella, sin saber a quien más acudir vino a pedir ayuda al colectivo con el que participo. Aparte de llamar a la solidaridad de la gente y sacar su caso en una radio local y en otra televisión, se me ocurre acercarme con ella a ver a los tres grupos de la oposición en el Ayuntamiento, para ver si entre todos conseguimos que en el Ayuntamiento medien con el juzgado para lograr un aplazamiento del desahucio en tanto en cuanto se busca un alternativa. Ir por allí y no haber ido hubiera sido lo mismo porque de nada sirvió. Se ve que una docena de concejales de un Ayuntamiento no pueden hacer nada por salvar a una familia. Especialmente lamentables los del Grupo Popular, donde hasta hubo algún concejal que se enfadó por aparecer por la "casa del pueblo" sin avisar previamente. No sé qué pensaba que íbamos a hacer. Claro ejemplo del miedo que tienen en nuestra clase política a que le lleven a su puerta miserias para las que no tienen respuesta. Y así fue cómo nos fuimos, sin nada, a tocar a la puerta del concejal de Asuntos Sociales, el responsable al fin y al cabo. Estuvimos aquél día, dejamos nota, dejamos recado, llamé al día siguiente, se pasó la madre a dejar varios escritos avisando de la urgencia, y aún hoy, todavía esperamos la señora y nuestro colectivo cuatro días después a que alguien del Ayuntamiento se digne a llamar para ayudarla de alguna manera. Ejemplo este paradigmático del abismo que se cierne entre ciudadanos y políticos, más palpable en La Laguna que en ningún otro lugar porque allí gobierna la última esperanza de Coalición Canaria, el protegido rey Clavijo, sin oposición política alguna y con los medios de comunicación más controlados que en ningún otro municipio.

En este punto y sin ánimo de hacer el artículo interminable, sólo cabe preguntarnos ya una cosa, ¿qué hacemos? En mi opinión, a falta de tomar las calles, no hay más que un camino. Cuando nuestra clase política es y está tal como parece, de nada sirve pedirles, gritarles o esperar por ellos. Lo que haya que hacer habremos de hacerlo nosotros mismos convertidos en ciudadanos políticos. Es más complicado y laborioso, y también es peligroso, pero entre eso y el folklore tú eliges lo que quieres. Así, si crees que hay corrupción política no te quedes en la indignación, busca a algunos más, si es posible a muchos más, y vete al juzgado a denunciarlo; y si crees que hay ineptitud política y notas que hay cosas que se podrían hacer por mejorar y ellos no las hacen, no te quedes en la idea, busca a algunos más, si es posible a muchos más, dale forma práctica a esa idea y hazla posible, dentro o fuera de nuestras instituciones. Y si después de todo esto ves que no obtienes los resultados que deseabas y aún quieres más, no te quedes en lo que podría ser, busca a algunos más, si es posible a muchos más, y juega al juego político, pero eso sí, si optas por este camino, hazlo de manera diferente, sé algo diferente, rompe las reglas con idea de cambiar las reglas, de lo contrario acabarás convertido también tú en uno de ellos.

Eloy Cuadra Pedrini

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