Recuerda ver a su madre tejer. La memoria no le tiembla al recordar cómo vecinos de Las Rosas, en Agulo, bajaban a Tamargada a llevarle sus "trapos" para que se los tejiera. Lucrecia estuvo 28 años en Venezuela. Aprendió el oficio antes de irse y de regreso lo retomó y hoy continúa con la labor. "¡Qué sé yo ni cuánto he tejido, de encargos que me han hecho y otras que me compran!", se ríe mientras me confiesa que, para ella, el telar ha sido su vida.
"No es que uno viva de eso, porque usted [por mí] sabe que las cosas de artesanía no dan para eso pero, ¿qué otra cosa voy a hacer a estas alturas de mi vida?", se cuestiona mientras me mira fijamente. "Me gusta eso, y mientras una pueda y tenga mi conocimiento, seguiré tejiendo", afirma.
"Cuando vine de Venezuela, el telar que teníamos de herencia estaba ya estropeado y había que reformarlo. Por aquel entonces daban subvenciones para comprarlo nuevo, no para reformarlo, así que compré uno", me indica mientras comenta que ahora hace traperas, alfombras, mochilas, alforjas...
Cuando le pregunto qué significa para ella la artesanía sonríe: "Es algo que me gusta, no sabría explicárselo, es algo que se lleva en la sangre y que no me gustaría que se perdiera pero, ¿a quién enseña uno?".
El Cabildo organizó el pasado año un curso de tejeduría y Lucrecia Amaya recibió un merecido reconocimiento a toda una vida manteniendo viva la tradición del oficio de tejedora.
Pablo Jerez