Debido a que el ser humano interviene en el ciclo natural de reproducción de las ovejas, los corderos no nacen en primavera, como sería lo natural, cuando las temperaturas son moderadas, sino que nacen en el frío más helador del invierno. Los corderos, cuando nacen tienen una piel muy delgada y con poco pelo, además de nacer totalmente empapados. De esta forma tienen que estar al aire libre en condiciones extremas. Según un estudio realizado en Gran Bretaña, se sabe que al menos el 20% de los corderos no sobreviven a estas torturas. Precisamente allí 4 millones de ovejas o corderos mueren de frío o hambre en las primeras semanas de vida.
Pero tampoco a los animales que sobreviven les espera una mejor vida, ya que al poco de nacer, y precisamente porque su carne es muy codiciada, se les mata, la mayoría de las veces a las pocas semanas o meses de haber nacido. Por ejemplo en España se matan anualmente 18 millones de corderos y 1 millón de ovejas. A las madres se les quitan las crías, que a empujones se meten en grandes camiones o en barcos de transporte. Muchas veces hacen viajes de muchas horas o días. Encerradas y apresadas a bajas temperaturas o con un calor ardiente están expuestas al estrés y a la estrechez, lo que supone un sufrimiento innecesario a unos animales que siguen siendo bebés, por lo que muchos de ellos mueren durante el transporte. Cuando llegan al matadero completamente atemorizados, se les baja a golpes y se les conduce a patadas o con electroshock, y allí les espera un triste y sangriento final.
El siguiente párrafo es de Rosa Luxemburgo, quien escribió "Cartas desde la prisión": «Durante la descarga del camión, los animales estaban muy quietos y agotados, y uno que sangraba miraba al vacío, con su carita negra y sus ojos tiernos, con la expresión de un niño que ha sido severamente castigado y no sabe porqué, ni sabe cómo escapar a las violentas torturas. Yo estaba delante, y el animal me miraba. A mí se me saltaban las lágrimas. Eran sus lágrimas. Ni por el hermano más querido se puede sufrir más de lo que yo sufría en mi impotencia para paliar este silencioso sufrimiento».
Teresa Antequera Cerverón