Pero el Conde, además, aceptaba al monarca aragonés no sólo como a suegro, sino como a padre y, en consecuencia, se incorporaba a un linaje superior, pero renunciando al suyo, no titulándose más que princeps junto a su esposa regina, sin recibir nunca el título de rey, pero sí con capacidad de ejercer la potestas regia, se hizo cargo del gobierno a la espera de que Petronila (titular vitalicia de los derechos) alcanzase la edad para consumarse el matrimonio.
El hijo de ambos, bautizado con el nombre dinástico aragonés de Alfonso II (1162-1196), tutelado por su madre, se convierte en el primer rey de Aragón y conde de Barcelona.
Por conquistas de nuevos territorios, incluiría: los reinos de Mallorca y Valencia (Jaime I, 1213-1276). Sicilia (Pedro III, 1276-1285). Rosellón y Cerdeña (Jaime II, 1291-1327). Nápoles (Alfonso V, 1416-1458) asi como el efímero ducado de Atenas y Neopatria (Pedro IV, 1336-1387).
Existió una corona aragonesa que constituyó el imperio más extenso del Occidente medieval, donde, bajo su nombre y sus barras, Aragón, Cataluña y Valencia compartieron aventuras, comercio, guerras e historia, enriquecieron sangres y lenguas con el latín, el catalán y el castellano, cartografiaron el mundo, construyeron naves, pasearon mercenarios almogávares y dominaron territorios que luego aportaron a lo que ahora llamamos España
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Con la manifestación de los fueros y libertades propios en aquella fórmula tremenda, maravillosa y solemne: el «si non, non» heredado de los antiguos godos, mediante el cual los nobles aragoneses -«que somos tanto como vos, y juntos más que vos»-, acataban la autoridad del rey de tú a tú, reconociéndolo sólo como «el principal entre los iguales».
Semejante juramento pertenece a los antiguos Fueros de Sobrarbe, de los que hoy podemos leer un fragmento en el monumento al Justicia de Aragón ubicado en la plaza de Aragón, en Zaragoza.
Y quienes están enterrados en el Monasterio Catalán de Poblet, son los Reyes de la Corona de Aragón.
José Antonio Cabrera Martínez
Periodista y Escritor