El alma por lo tanto porta los vestidos de su alma en base a su propia irradiación, es lo que denominados aura. El aura rodea al alma reflejando las cargas que lleva consigo exactamente en ese momento. Los diferentes matices de color que presentan sus cargas se llaman los vestidos del alma, que sin embargo nadie diseña ni cose, el alma misma es su propio diseñador en base a su conciencia activa del momento. Es decir que en base a su irradiación así lleva el vestido del momento, que envuelve al alma y es su vestido energético actual.
Si el alma ha purificado sus rasgos de carácter, los que corresponden a su imagen actual, se dirigirá a los próximos pasos en otras constelaciones planetarias. En este nuevo camino el alma tiene que reconocer, frecuentemente de forma dolorosa, aquello que contiene su grabado, por ejemplo comportamientos contra personas, también el maltrato a animales, el consumo de su carne, también si se ha ultrajado a la naturaleza y explotado la Tierra también está registrado en el alma del así llamado pecador.
A lo largo de los caminos de peregrinaje del alma, va cambiando el aspecto del cuerpo anímico. Cuanto más se desarrolle el alma en el sentido espiritual, es decir, cuanto más reconozca su grabado, se arrepienta de él, lo purifique y lo expíe frecuentemente de forma dolorosa, se transforma la estructura del cuerpo espiritual, pues los vestidos del alma se vuelven más luminosos. El cuerpo de sustancia en gran medida fino, se va volviendo más luminoso y los rasgos fisonómicos se vuelven más nobles. Paso a paso el alma se aproxima a su Hogar verdadero y eterno, y muy paulatinamente se abre su entidad divina, el ser espiritual de sustancia netamente sutil. Por tanto depende completamente de cómo se decida el alma: o bien en el sentido ascendente o a una nueva encarnación.
Ana Sáez Ramirez