El alma era originalmente en el Reino de Dios un ser espiritual libre de cargas pecaminosas. Pero un día algunos seres espirituales se apartaron de Dios, con lo que cayeron y cayeron, dicho literalmente, a las profundidades. Esta Caída se produjo por lo tanto debido a la rebelión contra Dios. Algunos seres divinos querían ser omnipresentes, querían ser como Dios. Pero como existe un solo Dios y una sola Ley Absoluta que lo abarca todo, en realidad uno no se puede rebelar contra Dios. Quien se rebela cae en el efecto de sus causas, en la cosecha de su siembra.
De este modo, por el suceso de la Caída, los seres caídos cayeron en una condensación cada vez más intensa, pasando de lo espiritual, de la sustancia sutil a una existencia material, a una envoltura material. En este traje material, es decir como seres humanos, el alma está atada en su vehículo corporal a la ley de Causa y efecto, que en última instancia ella misma creó. En tanto el alma esté sometida a estas legitimidades en su cuerpo físico, tiene también que reparar el desorden que con sus pecados ha provocado en el orden cósmico. Esto que a priori cuesta entender es en realidad algo muy claro y evidentemente justo. Porque no se puede esperar de Dios –como lo hacen abiertamente los teólogos– que Él haga desaparecer como por arte de magia el desorden que un alma ha provocado con su comportamiento negativo y excesivamente pecaminoso. Pues Dios concedió a Sus hijos la libertad, y esta libertad, unida a la ley de Causa y efecto, implica que aquello que yo mismo he provocado, también lo tengo que reparar yo mismo.
Teresa Antequera Cerverón