Sin embargo la sabiduría de los animales, la que los seres humanos solemos denominar instinto, les permite captar aquello que no está en la unidad, incluso captar lo que una persona emite sobre sí misma, motivo por el cual «incomprensiblemente» puede ser atacada, ya que las emisiones de la persona le producen temor. Para las personas no entender qué significa estar en unidad es lo habitual, sin embargo no entenderlo, incluso no tener constancia de esta realidad no la hace menos real. Deberíamos saber que todos nuestros sentimientos, sensaciones, pensamientos y palabras, todo el comportamiento de un ser humano es su aura, y ésta también huele. De esta forma el animal asimila el olor de los sentidos de la persona y se comporta de manera correspondiente. Muy pocos se preguntan por qué la mayoría de los animales huyen de los hombres cuando estos se acercan, esto ocurre justamente porque presienten las actitudes humanas egocéntricas que para ellos son incomprensibles y amenazantes.
No todos los animales tienen el mismo grado de evolución, de hecho aquellos animales que tienen una consciencia más desarrollada - puesto que el desarrollo de estas criaturas va por etapas así como el Creador las va conduciendo y las alienta de acuerdo con su evolución– olfatean al ser humano y lo clasifican en la categoría correspondiente según sea su estado de consciencia. Por consiguiente los animales se adaptan a la imagen de nuestros olores.
Para lograr un contacto positivo con los animales y la naturaleza, así nos enseña Gabriele, la profeta y mensajera de Dios para nuestro tiempo, tenemos que tranquilizarnos primero nosotros. No basta tranquilizarse sólo en palabras y gestos sino que también en pensamientos, pues los animales lo captan todo. Ellos viven con todos sus sentidos completamente en el momento, nos miran directamente, nos huelen y escuchan. Si nosotros también lo hacemos así podemos percibir una unión más profunda con los animales. Gabriele lo explica de manera muy gráfica con otro ejercicio: «Si el ser humano quiere acercarse de verdad y conscientemente a la poderosa unidad omniabarcante de la vida, a la comunicación del SER, tiene que empezar consigo mismo. Si usted tiene un animal al que le tiene cariño, trate de mirarlo a los ojos, pero no despectivamente, sino a su misma altura. El encuentro con nuestro prójimo debería ser cara a cara. Si no es posible siéntese en el suelo, en la tierra, y si es un animal muy pequeñito, tiéndase en el suelo y mire al animalito a los ojos, cara a cara. Por favor no tome al animal doméstico en su regazo. Déjelo en libertad. Sienta la unión de corazón a corazón para percibir que todo se basa en comunicación y que no depende de usar un tono fuerte, pues la palabra silenciosa está en el interior de todo lo que existe. Si usted está en el jardín o en otro lugar de la naturaleza, apóyese en un árbol y mire hacia la cúspide de otro árbol. También la naturaleza tiene sus estados de consciencia, que por su parte están agrupados en colectivos y alentados por la Palabra silenciosa del Creador. Deje su «yo» a un lado y sienta lo que significan las siguientes palabras: Nosotros estamos en la consciencia del animal y del árbol. Nosotros somos amigos, compañeros en el camino hacia el Océano infinito del SER. Permanezca tranquilo y no espere nada. Abra su corazón en la consciencia de que todo lleva la vida del SER. Mire a los ojos de un animal, estos se mueven; escuche entonces lo que ellos tal vez le quieren señalar. Con el tiempo nuestras vivencias se convertirán en una fuente interna de experiencias. Notaremos cuán inimaginables son la grandeza y la sabiduría propias de las criaturas de Dios. Es la palabra del Universo, es la palabra del Creador para cada estado de consciencia».
Mª José Navarro