Se puede decir que aquello que uno piensa en los años de juventud tiene más importancia de lo que se cree a simple vista, pues en la juventud se van formando los pensamientos que pueden acompañar a la persona durante toda su vida. Todo podría haber empezado en la escuela, incluso en el instituto con el hecho de rechazar a determinadas personas con las que el joven no quiere tener nada que ver, por lo que las evita. Y si uno no cuestiona estas formas de comportamiento propio, si uno no se pregunta a sí mismo ¿por qué hago esto en realidad? o ¿qué tiene este compañero que me resulta molesto?, me será difícil ver que posiblemente yo tenga algo igual o parecido, es decir una analogía.
Estas cuestiones que no han sido aclaradas y descubiertas en la juventud: por ejemplo el haber marginado y despreciado a otros, tienen el agravante de que en la edad adulta puede acentuarse aún más. Con lo que al final ni uno mismo se da cuenta de que sigue rechazando a determinadas personas a las que también juzga. Y al considerar todo esto como normal, puede que ya ni siquiera le sea consciente que se trata de una postura errónea, que como adulto también habré de mirar y corregir.
Para los jóvenes existe un denominador común en importancia para ellos: siempre la justicia. Por lo que sería muy recomendable que fueran instruidos en la aplicación real y en la vida diaria de la llamada regla de oro del Sermón de la Montaña, dada hace 2000 años por Jesús de Nazaret, y que dice: "Lo que quieres que otros te hagan a ti hazlo tu primo a ellos", o en su caso, "No hagas tú a nadie aquello que no quieres que te hagan a ti". Esta justicia realizada paso a paso en la vida diaria de un joven conduciría a que a las personas les fuese bien, pero también a los animales y a la naturaleza en su totalidad.
Teresa Antequera Cerverón