Y es que se abrió una zanja de más de medio metro de profundidad y un metro de ancho para la base del muro, con los consiguientes movimientos que evidentemente han afectado a la cierta estabilidad (no total) que ya había alcanzado el talud. Eso además de que a mí no me pregunten por qué ese riquísimo espectáculo natural del talud, por el que trepaban las hiedras que dan nombre a la pista, aparece gratuitamente dañado y arañado efecto del roce de máquinas o lo que sea en muchos puntos. ¿Tiene todo ese disparate que ver con los importantes derrumbes que cada semana aparecen en una obra que debió estar inaugurada en noviembre? ¿Habrá algún ingeniero capaz de firmar un papel donde se declare accesible para personas con movilidad reducida ese tramo de pista en la que siempre ha habido un riesgo pero que no es nada con lo que ocurre ahora? ¿Es sensato poner banquitos para que la gente se siente al pie de un talud desde el que se puede desprender cualquier cosa en un momento dado? ¿Ya puestos no hubiera sido más sensato hacer esa innecesaria acera al otro lado donde no existía ese riesgo? Preguntas muchas, respuestas pocas o ninguna, que a ver si va a resultar que los más solidarios del mundo mundial, que nos descalificaron de todas las maneras habidas y por haber por pensar distinto, hubieran podido meter a las personas con movilidad reducida en una ratonera y en un constante peligro. Que por cierto, el que quiera ver el auténtico impacto de esa obra, el de verdad, en una semanita o dos estará en total apogeo el estallido de color primaveral en todo el entorno, simplemente pasada la última curva una vez terminada la acera se podrá disfrutar del espectáculo que se le niega desde el Cabildo a las personas con movilidad reducida vaya usted a saber por qué, para darles seguridad está visto que no, más bien al contrario. Hasta allí sólo hormigón y muerte de la biodiversidad por el momento. Sabaté dice que sobre el cemento se puede repoblar, ya lo veremos, yo muy tranquilo no me quedo al respecto.
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