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10 Ago

Artículo radical (ola de calor)

Veo a un pájaro que bebe en la huerta anárquica y se baña en una vasija antigua, de barro. Y pienso que es un lujo que uno vea lo que ve: un pájaro – por aquí los llamamos azulitas – de diseño perfecto con sus tatuajes naturales en su lugar, su grácil movimiento y su vigilancia permanente, cosa que los presuntos humanos racionales no hicimos.

Y lo miro desde el sillón de un antiguo garaje que le quité al coche – una máquina que no sabe de intemperies – para convertirlo en un refugio desde dónde veo lo que intento relatar: un pájaro, libre, tomando agua gratis (para el ave). Y recuerdo al pájaro moro (...) cuyas plumas de una interminable gama de ocres era la envidia de Tàpies y que ya no se ve porque era moro. O, hay que decirlo, me viene a la memoria la famosa copla de los que ya no cantan la polka frutera (la del intermediario y tal) que reza "hay dos clases de canarios y ninguno canta en jaula, canarios de Tenerife y canarios de Las Palmas..." y se quedan más tranquilos que el carajo, perdón, sabiendo que es mentira: el canario – fino - ¡sólo canta enjaulado!, hay otros pero están aquí.

Y miro al bebedero que no es un bar del Cuadrilátero ni de la Noria, donde llega una hembra de capirote (que no es un concejal socialista de La Laguna en Semana Santa) y que defiende con fiereza su libertad y que se mueren de rabia si se las enjaula. O el mirlo negro que puede imitar el habla de algunos humanos, pero que es sucio y deja todo echado a perder. Mirlos blancos, de momento, no he visto, pero si pájaros a punta pala, como el cuervo que roba y esconde y, después, no recuerda dónde tiene el tesoro. Como si fuera o fuese el ex presidente de los empresarios españoles, un golfo que no sabe volar ni nada, presuntamente. Y está suelto y no bebe en mi huerta desordenada.

Y llega una alpispa moviendo su cola de forma obscena, sin que ningún pretendiente la corteje. Y bebe en el abrevadero comunitario (...) porque ya no hay acequias. Salpicona y bonita, pero coqueta. Es lo que hay, creo.

Y, más tarde, llega una tórtola entreverada con la berberisca y que entró sin papeles, pero tiene que beber agua. La veo mansita y confiada; craso error: ya es la hora de que la coruja busque su alimento y alguna ha caído bajo sus garras silenciosas. Dejan en el suelo algunas plumas que durarán más que el cuerpo que ya no existe.

Se hace la noche que es una flor malva que sube hasta el cielo y aparecen las palomitas de la luz que es lo máximo de la aerodinámica, aunque torpes y que se estrellan tenaces contra cualquier luz que se asome. Como sus primos, los mosquitos, a los que hay que gasear si se quiere dormir. Perdón.

El garaje ya no acoge al coche que ni siente ni padece. Me alegro de haber tomado esa decisión, porque me da la oportunidad de relatar lo citado. Veo pájaros que beben y vuelan. No es poca cosa.

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