Y ahí en medio de tanta hermosura, en el centro del universo más perfecto, ante la silueta brillante de su torre emblema, sobrecogido, feliz y extrañamente sereno, viví la experiencia inolvidable de este viaje ciertamente trotamundo, que me ha llevado de sol en sol, de naciente en naciente, hasta la ciudad de la mismísima luz.
Vengo asombrado, deslumbrado ante tanta elegancia, ante tanta belleza desbordante y ante tanta pomposidad equilibrada. Llego prendado de sus bulevares, sus cafés, cada uno de sus rincones, de sus monumentos grandilocuentes y sus museos universales, llego profundamente enamorado de su aire distinguido, de su gente altiva y elegante, de su perfume característico y su reconocible perfil de ciudad mítica y tremendamente identificable. Llego molido como un zurrón, cansado como nunca, sin pies ni alma, ni ganas de nada; llego derrotado de tanto andar, de callejear, de deletrear malamente un spanglish ininteligible, de reírme como nunca y de cultivar amistades eternas y amores sobrevenidos. Vengo con las pilas agotadas y los ánimos al cien por ciento. Vengo lleno de mundo aprendido entre museos y museos, entre callejuelas y bulevares, entre gentes amables, casi todas, y algunas repipis con suerte de vivir entre tanta belleza sublime.
Vengo siendo mejor persona, y más feliz. Qué más se puede pedir. A sí... siempre por pedir que no quede...., una Primitiva.