En palabras de la consejera delegada del Área insular de Museos, Amaya Conde, "se trata de una colaboración más con el Gobierno de Canarias en la que unimos divulgación científica con entretenimiento, y hacemos un teatro para toda la familia". "A través de ello – añade - intentamos continuar ahondando en la figura de un canario tan ilustre como Agustín de Betancourt, así como lo que ha representado para la Ciencia".
El elenco de profesionales que participan en todo este montaje va desde el autor de los textos, Francisco Monge, pasando por la directora y responsable del espacio escénico, Helena Romero, los actores Cristina Hernández y Alejandro de la Barreda, el responsable de audiovisuales, Emeterio Suárez, y el de vestuario, Vivian Mussio.
Así, este proyecto cuenta con el asesoramiento de Juan Cullen, Francisco Santos, Amílcar Martín y Sergio Toledo, además de el del personal del Museo de la Ciencia y el Cosmos, que recientemente ha editado un cómic sobre Agustín de Betancourt y dispone de dos réplicas realizadas en el Museo a tamaño real de los telégrafos ópticos que diseñó este ingeniero universal.
La obra aborda la historia de un personaje nómada y absolutamente singular, inventor, diseñador, ingeniero y artista, con gran renombre en Europa. Un continente agitado que se debatía entre las ideas de la Ilustración, la Revolución Industrial, la Revolución Francesa y el Despotismo Ilustrado. Y un exilio en la Rusia del zar Alejandro I.
El Hilo de Betancourt es una recreación teatral sobre el ingeniero Agustín de Betancourt y Molina, nacido en el Puerto de la Cruz, en 1758, y fallecido en San Petersburgo, en 1824. Una figura que vivió en tiempos de Carlos III y su ministro Floridablanca, así como durante el reinado de Carlos IV.
Agustín de Betancourt se movía en círculos aristócratas, pero nunca ocultó su clara simpatía con las ideas ilustradas derivadas del racionalismo científico. Era comedido, franco y llegado el caso, sumamente atrevido. Diseñó su propia máquina de vapor, de "doble efecto", su draga, su esclusa, su termómetro metálico, su telégrafo óptico y tantos otros inventos que consolidarían su prestigio. Inventó o reinventó casi doscientas máquinas o artilugios. Su afición a las máquinas de tejer le acompañó desde su infancia canaria hasta su final en Rusia. En esta última etapa destacó especialmente como urbanista y arquitecto. Pero tras llegar a lo más alto, sufrió el desdén de una Corte despectiva. Cayó en desgracia y murió en San Petersburgo. Afortunadamente, su memoria fue rescatada por sus colaboradores y discípulos.










