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04 Abr

Don Timoteo Felgoso, cura de una parroquia de poca monta, golpea la aldaba de la puerta. Lo hace con la autoridad y determinación propia de una persona conocedora del terreno que pisa y que se sabe acreedora del respeto que su ministerio, aun en estos tiempos de campante materialismo, todavía le otorga. No está en su parroquia, sino en la vecina, donde algunos días imparte clases de religión en el instituto.

Don Timoteo es una persona de escasa estatura, como el Zaqueo evangélico -con quien a veces, en su sentido del humor genuinamente clerical, se compara-, muy jovial y extravertido. Se comporta en ámbitos íntimos y ajenos a su labor pastoral con tal desparpajo que alguien que no supiera de su ocupación, dudaría de vocación evangélica. En esos ambientes suele ser el centro de atención y más de uno le busca la lengua, que el desata y desata en un sinfín de chascarrillos, alguna que otra palabra grosera -tamizada con mohines amables- y frases de sesgada intención, arrancando sonrisas pícaras entre las mujeres más jóvenes y severas miradas desaprobatorias entre las menos.

En su fuero interno, este cura joven se sabe poseedor de un carisma que arrastra, sobre todo entre la muchachada -como a él le gusta denominarlos coloquialmente-. Y eso hace crecer su autoestima; autoestima que a veces trasluce en retales de una vanidad que más de uno no ha dejado de percibir; aunque nunca se lo hayan echado en cara, desde luego. Ese es su punto débil y al que aún no le ha empezado a poner remedio, no dudando de que cuando la situación se torne más comprometida sabrá atajarlo convenientemente.

La dueña de la casa le franquea la entrada y don Timoteo le estampa un par de besos antes de sentarse en un sillón, después de estrecharle la mano a Justiniano. El matrimonio, ya jubilados ambos, vive solo en una amplia casa; sus dos hijos, por motivo de trabajo, se tuvieron que ir a la ciudad y escasamente los visitan. -Usted, Don Timoteo, es como un hijo para nosotros -le decía con frecuencia doña Benita, mirándole con unos ojos gastados, nimbados por la edad, sin saber muy bien si lo decía convencida o por quedar bien. Don Timoteo enciende un cigarrillo y charla animadamente con Justiniano comentando aspectos del programa de televisión que está viendo. El cura ha hecho amistad con este matrimonio y los días que acude a dar clase al instituto, generalmente los lunes y jueves, antes de regresar a su parroquia, almuerza en su casa.

Y de eso hace ya un par de años. Aún recuerdan la primera vez que se sentó a su mesa. -Don Timoteo, le frío un huevo o dos -se oyó desde la cocina la cantarina voz de la anciana, envuelta en un aroma aceitoso que hace deglutir de satisfacción al cura. -Dos, doña Benita, dos. ¿Adónde va un hombre con un huevo solo?-responde, medio perdido entre el humo del cigarrillo; y suelta un carcajada que es secundada, al instante, por Justiniano. - ¡Qué picarón es usted! -y las palabras se diluyen entre el chisporroteo de la sartén y la risa franca del viejo. Se levanta Justiniano del sillón, aún acalorado y ruboroso y con los ojos húmedos por la esfuerzo. -Don Timoteo, ¿va a beber vino o agua? -le preguntó cuando su pecho ya parecía calmado. -Vino, vino, don Justiniano; si el agua estropea los caminos, ¿que no hará con mis tripas? -responde el cura.

El viejo embrida otra carcajada, se contorsiona, se enjuaga con el pañuelo y desaparece; al cabo, regresa con una botella de vino; los ojillos, tras los cristales, aún remojados. Después de aquello ya nunca le preguntan esas pequeñeces. Conocen al cura, que no se corta ni con un bisturí; pero a ellos, que están solos todos los días, les agrada su compañía y la aguardan con impaciencia. Siempre aparece con algunos chismes y rumores, y de no ser por él nunca se enterarían de lo que pasa en la comarca. Ya en el despacho parroquial, don Timoteo, enciende el ordenador y revisa el correo. De la docena, tres son de feligreses que exponen prolijamente sus pecados por esta vía.

Don Timoteo, atento a los cambios y al progreso social, no ha dudado en colgar del tablón de anuncios de la iglesia su correo electrónico para estimular la reticencia y apatía de los fieles en acudir al confesonario. Nada le importa a él la senda para aproximarse a la reconciliación; lo importante es que acudan al sacramento y se arrepientan de sus pecados. Lee atentamente las confesiones y luego responde dando cita para la absolución; porque eso sí, la absolución debe ser presencial, como mandan los cánones. Imprime los tres correos, anota algunos detalles y los guarda en una carpetita de tapas moradas.

Este veloz y moderno medio de comunicación, aún no sancionado por la autoridad eclesiástica diocesana, le ha servido para aumentar el número de fieles que confiesan sus pecados; sobre todo, entre los jóvenes, que son los más remisos a este sacramento. Si la noticia llega a oídos del obispo -que llegará-ya buscará argumentos categóricos que justifiquen su proceder. Pero ver la iglesia a rebosar -cuando al principio de hacerse cargo de la parroquia solo se ocupaban las primeras bancadas con viejas cuchicheantes, pesquisidoras e intrigantes- y hacer pedidos urgentes y extraordinarios de obleas para dar la comunión serían suficientes razones para continuar haciéndolo.

Lo dijera quien lo dijera. La mies era mucha y los métodos del segador debían ser variados, adaptados a los tiempos que corren y lo más eficaces posibles. Y si con ellos congregabas a todo el rebaño, miel sobre hojuelas. Y de eso se trataba. Y es que don Timoteo reconocía sin ambages que eso de hincarse ante un cura y abrirle la espita de las miserias no dejaba de ser algo que la gente rechazaba. Este nuevo método no era tan lesivo para la intimidad de las personas. -Mucho menos humillante -le había comentado un impulsivo parroquiano joven, al que en su fuero interno el cura no dejaba de pensar que llevaba razón; pero nunca se lo dejó ver, pues hay cosas que conviene callar.

Jesús de Nazaret, de venir al mundo en estos tiempos impíos, seguro que hubiera hecho lo mismo. ¡Conociéndole!

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