Martes, 26 de Mayo 2020 

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21 Sep

–Espero que lleguemos sin contratiempos, que nada nos impida pasar la frontera.
Eso dijo Carles Fuster; sin embargo, Amador Martí, que iba en el asiento de al lado, no lo tenía tan claro.
–Apañado vas, seguro que nos paran.
–Joder, ¿ que coño puede pasar? –insistió Carles.
Carme Sola permanecía callada en el asiento trasero. Tomaba notas para su nuevo libro sobre la vorágine que se vivía. De repente, se llevó la mano a la frente.


–¿Y ese furgón de los mossos? Viene derecho a nosotros.
Efectivamente. En un catalán farfullado les ordenaron parar.
–¿Qué ocurre?
Salieron al arcén, encañonados.
–Sin autorización no se puede abandonar la República Catalana.
–¡Hostias, tú! ¿Oís lo mismo que yo? Entérate de una vez, tío: no queremos ser catalanes. Habéis declarado la independencia y nosotros nos vamos. Renunciamos. Nos vamos con lo puesto. Quedaros con vuestra puta paranoia. El destino de mi patria no me lo impone nadie. Ya está bien de dar por por el culo.
Lo dijo Carme pero lo pensaban los tres.
–Eso no es posible, habéis perdido y os jodéis –respondió uno de los policías. Llevaba el subfusil terciado y golpeaba en la culata con el puño.
–¿Para esto querías la libertad?
–No entres al trapo, Amador. Lo contaremos a la prensa. Os vamos a denunciar, cabrones.
Eso pensaba Carles. Pero Carles aún vivía en un jardín sin hojarasca. Sin embargo, Amador ya había pisado las ciénagas. Y había constatado que había periodistas que estaban comprados, que eran lacayos de un poder ideológico y manipulador. Incordiaban, desestabilizaban y echaban la mierda a los demás. Esos heraldos servían a muñidores sibilinos, a patrocinadores mercantilistas y a audiencias papanatas. En este mundo caótico esos voceros siempre sacaban tajada; siempre encontraban cuerpos que diseccionar. La cloaca hedía y estaba a reventar. Mas parecían ignorar que la mierda, cuanto más se revuelve, más huele.
Huirían por los cerros, pero no soltarían un catalonio. Solo faltaba. Encima de puta, apaleada –masculló Anna, de regreso a la ciudad. Deberían actuar con rapidez pues las cosas podían empeorar para los desleales.
La noche anterior a las votaciones habían hablado animadamente, sin hostilidad patente. Todavía eran amigos, amigos de siempre; nunca los postulados independentistas habían levantado ampollas entre ellos. Pero la cordura y la armonía periclitaban. Las brechas abiertas les separaban irremisiblemente; los dioses habían vertido la ponzoña y esperaban agazapados como serpientes. En el Parc de la Barceloneta, rodeados de tamarindos y casuarinas la noche era espléndida. La luna brillaba como una antorcha incandescente en el altar del pueblo expectante. Durante meses, en una bacanal de promesas y afán insaciables, los sumos sacerdotes –y sus papagayos de librea multicolor– habían orado y batido los campos y ciudades. Y habían sacrificado, en hecatombes incruentas, las victimas consabidas. Y el pueblo –¬unas veces callado, otras enardecido y casi siempre aturdido– aguardaba el oráculo. El olor de las ofrendas flotaba en el ambiente y nadie dormía, inquieto por las veleidades de los moradores celestes. Sin embargo, estos ya habían levantado palacetes inexpugnables en las recónditas laderas de la Pica d'Estats; por si venían malos vientos. Era un paraje excepcional, al que le habían echado el ojo cuando a los paganos les dio por fusilar a sus congéneres en las laderas del Monjuic.
–Los dioses me han decepcionado; se han vuelto corruptos, codiciosos y huyen. Al parecer, han montado delegaciones en el Montsant, el Monsec y el Montseny –dijo Anna Junyent, agitando la melena rubia. Era un joven abogada del Baix Empordà, impetuosa y volcada con los postulados secesionistas. Volem ser lliures, era su consigna.
–Los dioses se llenan la butxaca y cuando vienen bandadas te dejan solo. Tenemos que buscar otros. Estos no dan la talla, nos han engañado.
–Tranquila, Carme, cuando seamos independientes ya no necesitaremos a los dioses; al menos, a estos. Haremos a los nuevos a nuestra imagen y semejanza: demócratas, liberales y leales a la causa.
–Esa ceguera política os destruirá; acordaos de los condados medievales cómo terminaron uniéndose a Aragón. Solos, no tenían futuro.
–Cierto, Amador; los condados temían ser estrangulados y por eso se unieron al reino de Aragón; y luego a Castilla. Y formamos España. ¿Tan mal nos ha ido, joder? –preguntó Carles, bajo un extraño gorjeo de pájaros insomnes.
Carles y Amador eran ingenieros; Carles, trabajaba en una multinacional farmacéutica del Vallés Occidental y Amador en una fábrica de automoción en san Felíu de Llobregat. Ambas, se habían mudado al centro peninsular cuando la causa separatista parecía que iba a prosperar; ellos lo harían en breve.
–Esa unificación fue forzada o, mejor dicho, pactada. Fruto de la habilidad política. Después de la unión de Catilla y Aragón, los Austrias respetaron el pactismo político, nuestra singularidad. Las cortes se reunían periódicamente con el rey y decidían la aportación económica a la Corona a cambio de protección. De hecho los reyes eran absolutistas en Castilla y constitucionalistas aquí. Respetaron a la Generalitat, en definitiva. Y la cosa funcionó. Funcionó hasta que el Conde-Duque - lo gran comte d'Olivar- abiertamente centralista y autoritario, se cargó los pactos, imponiendo tributos para costear las guerras imperialistas, ignorando a las cortes catalanas. Ese fue el principio del desentendimiento. Y de hecho hubo secesión y acercamiento a Francia. ¿Os acordáis o no?
–Por supuesto, Andreu; fue cuando Pau Claris declaró la I República Catalana y Luis XIII reconocido conde de Barcelona, después de que els segadors amotinados provocaran la muerte del virrey español. Pasamos a ser una provincia de Francia –apostilló Hilari Jussà–. El invento duró poco, como era de esperar.
Ambos, sobre todo Andreu Pallerol, eran exaltados independentistas y no daban su brazo a torcer. Hilari era informático en una empresa de alimentación y Andreu, concejal de Esquerra en el ayuntamiento de Sant Adrià de Besós.
Hilari se puso la chaqueta y siguió hablando.
–Los catalanes, por principio, somos independentistas. No va en nosotros que nos manden desde fuera. Somos emprendedores, trabajadores, muy organizados, ahorradores y visionarios. Y eso lo sabían los castellanos; cuando le vieron las orejas al lobo recogieron velas. Los catalanes estuvimos marginados de la conquista y colonización americana. No contaron con nosotros. No podíamos comerciar con América. ¿Qué os parece? América era cosa de Castilla; Castilla monopolizaba el sector. Fue la reina Regente –la madre del último Habsburgo– la que nos abrió las puertas para poder comerciar en igualdad de condiciones.
–Eso fue para olvidar la crisis secesionista y que pudieran surgir otras –concedió Amador.– De todos modos, siempre hemos sido especiales. Los borbones, aunque forzaron un centralismo feroz, no se portaron tan mal con Cataluña.
–Cómo puedes decir tanta estupidez. ¿Acaso has olvidado la historia?
–Bueno, vale; no hablemos del primero, del gabacho que destrozó nuestra tierra y suprimió las instituciones con los Decretos de Nueva Planta.
–Esos Decretos, de ordeno y mando, quisieron aniquilarnos como pueblo. Si los vigatans hubieran derrotado a los botiflers las cosas hubieran sucedido de otra forma. Pero resistimos y salimos adelante. Ahí estaba Rafael Casanova –el conseller en cap de la ciudad– para alimentar la hoguera de la lucha y de la resistencia.
–Eso es pura especulación, Andreu. Con los borbones posteriores Cataluña prosperó más que otras regiones. De hecho, en 1802 se celebraron aquí los festejos por la boda del Príncipe de Asturias. La corte se instaló en la ciudad dos meses y Barcelona mejoró ostensiblemente. Durante el diecinueve, tres cuartos de lo mismo. Pero el mérito no fue solo nuestro. La industria textil, la automoción, la química, la metalurgia y otras progresaron gracias a las políticas estatales y a la emigración interior.
¬–Progresamos a pesar de esas políticas, Amador. No te equivoques. Los problemas siempre los ha creado España por no respetar nuestras leyes e instituciones. El cable volvió a partirse cuando la Dictadura de Primo de Rivera, que desembocó en la II República, la de Macià. Aunque no prosperó, al menos conseguimos el Estatuto de autonomía, lo que no se pudo hacer en 1919 con Alfonso XIII. Eso nos permitió tener un gobierno y parlamento propios. Hasta que llegó el generalito más joven de Europa y volvió a poner todo patas arriba.
–Detesto a ese tipo, mil veces peor que el peor Borbón –corroboró Anna– Lo peor que le pudo pasar al país.
–Franco para aguantarnos en el redil nos dio todo lo que pedíamos, en detrimento de otras regiones.
–Seguro que Lluis Companys no opinaría lo mismo, Amador –aseveró Hilari.
–Nos pisó nuestra identidad, nuestra lengua, nuestros símbolos, ¿te parece poco? Ese tipo ha sido nefasto. Con él volvimos a las cavernas.
–Aquello fue lamentable, Anna¬ –replicó Amador–. La Constitución del 78, para evitar problemas, permitió que los partidos nacionalistas periféricos entraran en el Congreso de los Diputados y eso fue la ruina. Con su apoyo interesado, rompieron la igualdad de todos y Cataluña pasó a ser una autonomía de primera, con transferencias a la carta. Ahora, cuando ya no tenéis nada que pedir, reclamáis la autonomía fiscal. Y como os dieron por el culo, os lanzáis a la independencia. Reconócelo, Andreu, los catalanes hemos sido unos privilegiados.
–No dices más que tonterías, los nervios te pueden, Amador. España siempre fue un mecano mal armado; endeble. Por lo menos para Cataluña. Nosotros no encajamos. Hemos sido el motor de España. Pero ya estamos hartos.
–No encajáis porque habéis secado la teta. Desengáñate, Anna. Mejor que os vayáis de una puta vez y dejéis de dar por saco. Teníamos intereses en común y os los habéis cargado. No sabéis el daño que habéis hecho. Entre todos –mejor o peor– forjamos la nación, hicimos grandes cosas; y las seguiremos haciendo. La historia del mundo en buena parte la escribimos los españoles. El pasado no se puede borrar, pesa demasiado. No podemos echarlo todo por la borda.
–Eso es sentimentalismo barato, Carles. Las polis griegas –y los pueblos, en general– se coaligan, federan o amalgaman cuando comparten objetivos comunes: defensivos, expansionistas, comerciales, religiosos, etc. La anfictionía y el sinecismo son pruebas de ello. Y cuando esas causas desparecen se puede dar por finalizada la asociación.
–Ahí está la clave, Anna. Cuando algo es artificial, o cuando ha cumplido su papel, termina por caer. El vínculo entre nosotros y el resto siempre ha sido inestable y cambiante; y la seducción ha terminado. Nuestra valencia, nuestra capacidad de combinación con España, se ha agotado. La pletórica actividad comercial con América –fundamentalmente con Cuba, donde los empresarios catalanes lideraron los ingenios y la actividad financiera–, los pronunciamientos militares y las guerras carlistas, sin contar la pujanza interior, hicieron que orilláramos durante un tiempo nuestro concepto de nación y autodeterminación. De una u otra forma seguíamos compartiendo objetivos comunes.
Algunos vehículos policiales pasaron a toda velocidad; las sirenas sonaban estridentes y los dispositivos luminosos azules destellaban en los escaparates.
–Así es, Andreu. ¿Por cierto, sabías que el ron Bacardí lo fundó un catalán en Cuba? No. Pues sí: Facundo Bacardi y era de Sitges –dijo Anna cuando el ruido menguó.
–Andreu tiene razón. Leeros la España invertebrada y opinaréis como Ortega y Gasset. Cataluña ya no tiene los mismos objetivos que el resto de España. El vínculo ha terminado; nuestros caminos ya no tiene la misma dirección ni la misma anchura; ni el firme es el mismo. Nos separa todo. Y cuando eso sucede hay que separarse. De lo contrario, puede derivar en violencia.
Lluis Roca, que había estado fumando en silencio, finalmente, manifestó su opinión. Lluis había nacido en el Maresme pero sus padres procedían de la Mancha. Había terminado arquitectura pero le tiraba más el mundo del cine.
–Tenéis razón, la paranoia no os deja pensar con lucidez. Vuestro tiempo en España se acabó. Iros de una puta vez. Habéis exprimido al resto del país y ahora os largáis, no te jode –dijo Montse.
Montse Vidal era enfermera. Había llegado tarde, cuando terminó el turno en el Vall de Hebrón.
–Unos ingratos, lo que sois. Habéis prosperado gracias al esfuerzo de los demás y ahora nos dais por el culo. Jamás hubo tanto autonomía y estáis insatisfechos. Lo mejor es que os vayáis de una vez, lo lleváis en los genes. Nunca estaréis satisfechos.
Carme se puso de pie y apagó el cigarrillo.
–A enemigo que huye, puente de plata. No queremos estar con alguien que no nos quiere. Joderos, si eso es lo queréis. No me interesan los separatistas.
–Por cabrearte no vas a tener más razón, Amador. Cada pueblo tiene derecho a decidir con quien se alía en cada momento. Tú lo has dicho antes. Escucha: lo que yo quiero es quitarme el yugo de España, joder. ¿Es que no lo podéis entender? España nos limita, nos coarta, nos frena. Ya no nos seduce. Hemos dado pruebas evidentes –la historia lo certifica– de que podemos caminar solos. Aunque nos equivoquemos, coño; aunque todos nos den de lado. Ya remontaremos, ya cambiarán los vientos. Las cosas cambian, joder. En peores gatitas hemos hecho guardia. No nos van a achantar. Podemos discutir las formas, no el fondo. No sé si esta es la forma más adecuada de alcanzar la libertad pero no nos dejan otra. Si no es por los catalanes los españoles seguirían pisando uvas con el pie e hilando en la rueca. Nuestra visión comercial y empuje sacaron a España del letargo. Fijaros, por poner un ejemplo. Cuando los pescadores gallegos –hace unos doscientos años, más o menos– faenaban con medios precarios y arcaicos llegaron los catalanes a sus costas, con nuevas técnicas y nueva visón empresarial. ¿Sabéis lo que les hicieron? Les quemaron las fábricas y los barcos. ¡Ignorantes ludistas! Pero no tuvieron más remedio que tragar porque no podían competir contra los nuestros. Éramos superiores y lo sabían. Y no les fue mal a los gallegos. ¡Joder! Espabilaron, les abrimos los ojos. Y así con todos.
–¿Que no te seduce España? ¿Lo que tiene una que escuchar! Pues muy bien, meteros vuestra chulería por los huevos. ¿Sabes lo que te digo, Andreu? Da la casualidad de que tú tampoco me seduces lo más mínimo, que yo tampoco quiero que Cataluña sea parte de España. No quiero a mi lado gente que no se sienta comprometida con el proyecto nacional. A mí tampoco me seduce Cataluña, su mentalidad pigmea. Adeu, fins sempre. Que us vagi bé.
–Joder, Montse, pero qué pasa con los que no estamos de acuerdo con la independencia. ¿Tenemos que largarnos de nuestra tierra? Esto no se soluciona votando; son sentimientos y derechos. Nadie tiene más derecho que nadie. Vosotros tenéis derecho a iros y nosotros a quedarnos; o al revés. ¿Cómo lo arreglamos? ¿Qué hacemos, dividimos Cataluña entre separatistas y españolistas? ¿Una parte para cada uno, según los votos? Eso es absurdo.
–Me temo que sí, Carles. Yo propongo que las personas que no quieran vivir en la III República sean resarcidas generosamente para que puedan emprender una nueva vida en otro lugar de España. Con un millón de euros sería suficiente. ¿Te apuntas, Amador?
–Me parece razonable. Eso y que devuelvan las inversiones estatales, que el resto de España también se ha dejado aquí buena parte de sus impuestos. Que se queden con su paranoia.
–Vámonos, Andreu, los gallos de la traición ya han cantado.
Andreu se ajustó las gafas, dio unos pasos y se volvió.
–Aquí no pintamos nada, Hilari. Vamos! Esmolem ben bé les eines! Que tremoli l'enemic –gritó.
– Que tremoli l'enemic –chilló Anna.
Fue la última vez que estuvieron juntos. Los dioses los habían enredado y enfrentado.
Pero las cosas no sucedieron como esperaban; el gallinero se había alborotado. Y donde brilló la sensatez brillaba ahora el acero de los espolones. No solo no les indemnizaron para establecerse en otros rincones de España, sino que para abandonar la nueva república tenían que abonar un alto peaje. Y de no hacerlo, debían marchar al ritmo ensordecedor y desacompasado de los nuevos tambores.
Una mañana, algún tiempo después de unas votaciones concurridas, se vio una balsa atestada de náufragos balancearse en el mar, hacia poniente. Cada vez más lejos del barco del que habían saltado. La dicha por alcanzar la libertad les impedía discernir las adversidades y los nubarrones que los envolvían. Eran como náufragos en la balsa de Medusa. Lo ignoraban todo: la posición, el rumbo y los medios de subsistencia; incluso si terminarían engulléndose unos a otros. Sin embargo, como decía Andreu exultante, la libertad tenía sus inconvenientes. Pero siempre era mejor morir libre que vivir encadenado.
–¿Libres de qué, para que? Yo nunca me sentí encadenada, si te digo la verdad. La autonomía funcionaba bien y nadie discutía nuestra identidad, nuestras instituciones. Ha sido una locura. En estos días han cerrado nuevos quirófanos y dos plantas más. No hay dinero, no hay personal; no hay combustible. Es el caos. Nos engañaron, Andreu. ¿Qué va a ser de nosotros? No llegaremos a ningún puerto.
Montse sollozaba de rabia, de impotencia; de amargura. Andreu después de limpiarse las gafas le pasó el brazo por el hombro.
–Tranquil·la, Motse, guanyarem.
–Nadie vendrá a rescatarnos, Andreu. Nadie se fía de los locos. Y unos dioses locos nos han llevado al desastre.
Y no andaba equivocada Montse, que se vio arrastrada por una multitud enloquecida a un destino incierto. Quedarse atrapada en medio de una masa ciega y enfurecida de personas era la peor cosa que pudo sucederle.
–Eso, ¿dónde están? ¿Dónde están los dioses que nos embarcaron en esta balsa? –gritó alguien al lado.
–Siempre supe que los políticos no resolverían mis problemas, pero lo que no sabía es que me los crearían –se lamentaba una mujer mientras lactaba a su hijo.
–Fills de puta! –masculló un jubilado al que le habían bloqueado la cuenta.
Pero los dioses ya se habían puesto a salvo. Bien pertrechados. Y se habían congregado en las cresterías artilladas, a sotavento de los proyectiles. Allí jugaban a los dados; e, indolentes, los veían alejarse sobre un mar que se tornaba borrascoso. No obstante, algunos dioses menores habían quedado atrapados en la balsa, como simples mortales.
También oteaban el horizonte, desde otros rincones, banqueros, empresarios y trabajadores de la extinta autonomía. Seguían prosperando y aportando a su nación de siempre los conocimientos y habilidades que atesoraban.
Los dioses aman el lujo y el dinero, juegan sobre seguro: y la igualdad de las criaturas les escalda; va contra natura Y no les importa sacrificar a los peones, dejarlos a la deriva, para salvarse el culo si las cosas no pintan como habían planeado.
–No perdem l'esperança, junts podem –gritó Andreu Pallerol, tratando de amainar los ánimos.
Entre sollozos, se perdieron sus palabras. Montse juró que, si salía viva de aquel caos, nunca más se fiaría de unos dioses enloquecidos y mendaces; ni de sus fanáticos seguidores.
Catalonio: moneda oficial de la III República Catalana.

Eugenio F. Murias

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