Sábado, 15 de Agosto 2020 

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02 Sep

¿Hay vida antes de la muerte?
¡Cómo quisiera estar despierto! ¡Despierto y alerta! Como centinela avezado.
Cómo quisiera ser consciente y contemplar el momento; ser testigo de la sinapsis última de mis células; el momento de la transferencia. El paso de la vida a la muerte; de la muerte a la vida. De una no recuerdo nada, no por lejana; tal vez por capricho del destino. Mas la otra, aún aguarda. O, eso, me parece.


¿Qué se esconde tras ese pozo de negrura indescifrable? Hamlet medita sobre "esa ignorada región de cuyos confines ningún viajero ha vuelto a retornar". ¿Pero qué hay de esa otra ignorada región de la que surgimos un día? Venimos de ella, pero no acertamos a definirla. ¿Es fruto del azar o está trazada por una mano invisible y desconocida? ¿Existimos antes de aparecer en esta realidad y somos la consecuencia de un determinismo incomprendido?
A nuestro entender, llegamos como por arte magia; y nos marchamos, casi siempre, impelidos, sin saber la causa de que la farsa haya sido tan breve. Nos vamos sin ver el impulso final, la orden última que pone fin a un inconmensurable estado. Se enseña que la vida es finita, que las células nacen, crecen y mueren. ¿Por qué? ¿Será verdad? ¿Quién lo ha dispuesto así? ¿Pero a qué se llama muerte? ¿En qué derivan los pálpitos tan queridos? ¿Qué pasa con lo que llamamos alma? ¿Existe? ¿Podré ser testigo de ese relevo cuando llegue la hora? ¿Podré compartirlo o me iré aferrado al secreto? ¿Será mi muerte igual de vulgar, tan silente?
Mas, durante la espera, debo seguir escarbando en esta realidad que se llama vida; una vida que se me antoja tangible y a la vez incomprendida e incomoda. Y hablando de incomodidad quiero referirme al órgano del oído, a su actividad. No hablo de aquellos que no funcionan adecuadamente, sino de los otros; de los que captan gritos y susurros, rebuznos y baladas. Y es en estos donde echo en falta una membrana, válvula, ligamento –como se quiere denominar– que me permita ocluir a voluntad la audición. Del mismo modo que los ojos se esconden o asoman a través de los párpados, ¿por qué los oídos no disponen de un tegumento similar? ¿Por qué razón hay que soportar ruidos y parloteos que perturban? Miles de sonidos se oyen por doquier; sonidos que endulzan la vida y la llena de sentido; y la agrian. No quiero renunciar a ellos, tan solo a los que me incomodan. A falta de esta membrana –que tan necesaria se me antoja- mi respuesta solo puede ser pasiva: resistir a esos elementos invasores –a esos ruidos molestos– con ausencia, concentración, paciencia y amabilidad. ¿Pasiva? Me equivoco. No es cosa sencilla dominar los cuatro rasgos indicados. Son precisas muchas jornadas de esfuerzo, de ejercicios continuados; de fallos; de ascesis perseverante.
Hay quienes se concentran de tal manera en su micro mundo que se aíslan del entorno. ¿Cómo lo consiguen? La evolución tampoco pretende eso, pues esa abstracción podría ser letal en un ambiente hostil; y hostil es la vida.
Mis neuronas deberían evolucionar y enviar señales a los canales auditivos para desconectar cuando algo me desagrade, no me sea de interés o conveniente. Más que otros logros me satisfaría este. Sacrificaría el olfato, incluso el gusto; a cambio. Y hasta la visión, a veces. Y es que hay ruidos que si no matan, neutralizan; porque siempre están ahí, hostigando. Ya decía alguien que el ruido está en función inversa a la inteligencia. Somos monos aulladores, la mayoría.
Pero si no se entiendo el antes y el después, ¿cómo entender el presente, tan efímero, tan lábil? El ser humano –que tan sociable parece manifestarse– necesita conectar y desconectar de la manada, de sus efluvios beneficiosos y enfermizos. Algunos sostienen que el hombre es una criatura social. Otros, lo contrario: solitaria. Posiblemente, participe de ambas. Determinadas circunstancias, miedos –sobre todo– y carencias hacen que se congregue para distorsionar los avatares naturales. La vida es una cuestión personal e intransferible; así de simple.
Si alguien puede aislarse de resonancias y disonancias y vivir en asonancias, quizá lo entienda. Porque la tribu perturba, obnubila, agota Ciertamente.
Para la metempsicosis que me aguarda traeré en dotación un dispositivo bien programado, duradero y versátil que me permita desconectar a voluntad cuando los elementos me sean desfavorables. De algo me tiene que servir la experiencia.
Sin embargo, espero que ninguna trampa camuflada me hunda en lo ignoto antes de hora. Aún es tiempo de meditar escuchando el mar sereno y de respirar la brisa nocturna. Cuando la calma ronda las calles vacías de La Caleta me acodo en la baranda y contemplo el firmamento estrellado. Y me siento minúsculo bajo la fulgente mirada de Antares; y a la vez, un gigante feliz por poder admirarlo conscientemente.
Y si viene la parca, que venga silenciosa y serena. No destemplada, como vino este verano para algunos herreños cuya memoria no olvidamos.

 

Eugenio F. Murias

Modificado por última vez en Lunes, 21 Septiembre 2015 11:36
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