–Felipe, en la dársena 32! –gritó una mujer negra, de andares cansinos y reptantes. Su exuberante cuerpo, por cuyos costados se escabullían las pellas adiposas, se balanceaba indolente sobre unas chanclas, igual que una barca atestada de fardos.
Algunos perrillos falderos y un par de mininos permanecían en sus jaulas, arrimadas a una mampara que delimitaba una zona de obras. Se les veía tranquilos, nada cariacontecidos y adaptados al proceder de sus dueños. Observaban la agitación que irradiaban los pasajeros a través de los vestíbulos sin penetrar en los motivos que les empujaban a un proceder tan frenético.
Arcadio permanecía a escasos metros de la pantalla y se sentía un náufrago después de haber engullido una suculenta y humeante ración de callos. Como entonces –como en los viejos tiempos–, no pudo resistirse. Pero las mucosas ya se habían debilitado y las pingües grasas de los mondongos arañaban las paredes gástricas y le suplicaban un antídoto sin demora. Se acercó al mostrador y tras expeler un eructo silencioso, volvió a mirar el televisor.
Las imágenes del suceso ocupaban media pantalla. En ella se veía a un conocido general de aviación en la reserva, barbado y enjuto. Las imágenes trataban de sintetizar la importante labor realizada durante los cargos desempeñados en el ministerio. En una de las secuencias, aparecía acompañando a Carme Chacón, a la sazón ministra de Defensa.
En un cuadro más pequeño, un político en ciernes, de barba incipiente y larga cabellera sujetada por una coleta, informaba a los medios de los motivos por los que el general retirado –Jefe del Estado Mayor de la Defensa (JEMAD), con el gobierno socialista de R. Zapatero– se había unido a Podemos.
En la parte inferior, en letras grandes, se resaltaban las frases más relevantes del heterodoxo y tornadizo político; frases que se sucedían y cambiaban a intervalos relativamente cortos: "Para mi será un honor que Julio Rodríguez acepte ser mi ministro de Defensa cuando formemos Gobierno". "Los ciudadanos de uniforme, para nosotros, forman parte de la sociedad civil y estamos muy contentos". "La OTAN forma más parte del pasado que del futuro". "No me entusiasma que haya soldados de Estados Unidos en el territorio nacional".
En la parte superior de la pantalla, en una larga banda de color amarillo, iban desfilando titulares –en caracteres negros– de otras noticias destacadas de la jornada: "En una aldea leonesa dos gallinas pedresas hacen frente a un zorro que pretendía asaltar el gallinero". "Un anciano manchego deja todos sus bienes al enterrador de la localidad". "Un pareja de gays evita la muerte de un concejal. La pareja aplacaba su pasión en la playa cuando el cuerpo del munícipe se precipitó encima. Uno de ellos presenta un fuerte traumatismo en la región del coxis. El concejal ha pedido disculpas y afirma que el consistorio les indemnizará. "Un cocodrilo se escapa del zoo y a las pocas horas regresa con un periódico en la boca". "Una mujer pierde sus ahorros mientras sacudía los cojines por la ventana; los billetes salieron volando para regocijo de los mozalbetes que aguardaban abajo". "La Delegación del Gobierno suspende la manifestación convocada por los curas defensores del matrimonio". "Un guacamayo vuela de Roquetas de Mar a Puerto Cabello, en Venezuela, para reencontrase con su dueña, que lo había regalado a una vecina sordomuda". "Una empresa donó más de 400 000 euros a una asociación de políticos jubilados"...
En el ángulo superior derecho del visor se informaba del programa que la cadena emitía a continuación: Entrevista, en exclusiva, a Belén Esteban, ganadora XIX Premio Ateneo de Novela. "Estoy mu felí de que mayan balorado mis méritos literarios", afirma la escritora premiada.
En la esquina superior izquierda, se anunciaba la nueva serie de la cadena, de próxima aparición: "Asesinato en la Cámara Alta", con Jorge Javier Vázquez en el papel de presidente, María Patiño, en el de portavoz y Kiko Rivera, como ujier.
En la esquina inferior derecha, un lacito negro recordaba la tragedia ocurrida días atrás, cuando un camión cargado con más de 60 cerdos se cayó al pantano. Únicamente se salvó el conductor. La asociación de porcinos –a través de su secretario, un gorrino de acento correntino– pide que sea castigado con trescientos años de cárcel.
A ratos, a intervalos pausados, aparecía y desaparecía un muñequito de ojos saltones avisando de un encuentro de fútbol entre dos equipos punteros de la ligua comarcal de Las Alpujarras.
Durante unos momentos se olvidó de la taza de café. Trataba de descifrar la dirección de Twiter –la etiqueta (hashtag)– a la que los interesados podían hacer llegar sus comentarios sobre el mediático "fichaje" por parte de Podemos. Y, de hecho, algunos mensajes aparecían en aquel mosaico heterogéneo y abigarrado, tachando al militar –apodado ya como Julio, el Rojo– de traidor a la Patria.
–Puto general de los cojones! ¡Cobarde!
El mostacho que cargaba casi le cepilla la nariz. El hombre –un fornido sesentón, al menos– masculló sus palabras sin mirarle y dejando a su alrededor un acre olor a pólvora; a pólvora lista para su empleo. Siguió su camino, largando la negrura de su humor sobre las dos maletas que le seguían igual que ayudantes asustados.
En un rinconcito de la pantalla, casi invisible, un reloj digital marcaba la hora.
El autobús estaba a punto de salir.
Realmente, Arcadio, no supo a donde dirigir la vista. El televisor se había convertido en una efímera, cambiante e impenetrable espesura multicolor. Fue incapaz de asimilar aquella tromba de datos, aquella catarata de espuma informativa –o desinformativa–. Observaba los alrededores y percibía una total pasividad; el hormiguero humano continuaba trajinando afanosamente.
Arcadio es un hombre bien domado, acribillado de frustraciones, afeado por cicatrices y firmemente atado a la argolla del pesebre. Está acostumbrado a sobrevivir en el palenque de la resignación; en la arena de las falsedades. En esta etapa del viaje, ya en resaca descendente, está vuelta de reacciones viscerales. Para ello se ejercitó. Ve la orilla cada vez más difusa desde el suave vaivén de los recuerdos. Valora el sosiego de la soledad y la compañía de un libro de letras grandes; la charla amigable de una visita oportuna y el sueño entrañable. Y las moléculas evocadoras de los taninos del quercus sessilis desvaneciéndose tras los cristales, frente a los sauces goteantes que jalonan el río.
Y se preguntaba –acomodado en el asiento postrero del autobús, ya con el estómago sosegado– si alguien sería capaz de digerir aquel surtido de noticias, aquella andanada desordenada, aquella sobreabundancia de ingredientes. Y, sobre todo, qué plato sería capaz de elaborar con ellos.
El incomprendido general ha sido lapidado por quienes piensan que la patria es consustancial a las ideologías conservadoras y reaccionarias. La patria – siempre que se respeten los símbolos que la representan y las leyes por las que se rige– la pueden atacar y defender, de igual manera, los fascistas, los marxistas y, si me obligan, hasta los anarquistas; pasando por todos los "ismos" que se les ocurran. Quizá el problema no sea tanto de ideologías "democráticas" sino de prejuicios; y de comportamientos incoherentes que abofetean el sentido común. La sombra de la bandera, por sintetizar, no distingue los credos ni los taconazos, sino el respeto a las leyes. Tan "patriota" fue Santiago Carrillo como Casto Méndez Núñez, verbigracia.
En esta mundana vida cada jugador lleva sus naipes. Los precisos; los que el azar le ha deparado; ni más ni menos. El éxito o fracaso está en jugarlos adecuadamente; respetando las reglas; sin recelos, trampas y vanas ansiedades; y procurando jugar con oportunidad e inteligencia. Sabiendo que la superabundancia –de lo que se tercie- puede ser un grave inconveniente, una entropía de lo más caótica.
Una manada de toros bravos, negros como los nubarrones que se cernían en el horizonte, alzó el testuz y pateó en la orilla de la dehesa, frente a la alambrada, en la linde de la carretera.
La piel de toro está bien curtida; ni se desgarra ni desangra. Eso creyó leer Arcadio en las páginas fulgentes de aquellos ojos altaneros que no entendían de fronteras ni banderas.
Eugenio F. Murias