¿En algún momento se ha puesto usted a calcular las palabras que puede pronunciar durante su vida? Descartemos en este ejercicio los pensamientos no manifestados y tratemos de realizar una aproximación grosera. Si partimos de que usted puede articular unas ciento cincuenta (150) por minuto, en una hora serían nueve mil (9 000). Si hablara 14 horas al día, llegaría a ciento veintiséis mil (126 000). Ahorrándole los cálculos, si viviese unos 70 años emitiría tres mil doscientas diecinueve millones trescientas mil (3 219 300 000) palabras, aproximadamente. ¿Estaría alguien dispuesto a quedarse mudo todos esos años y recibir a cambio esos millones en euros?
Estos cálculos someros se entienden realizados en un estado sereno; es decir, sin haber sido alterado por algún requerimiento de Hacienda o por repentinas ventriloquias que le hayan podido exasperar. Tampoco se bareme usted si es un político mitinero o si profesa un silencio cartujano.
Obviando la capacidad del cerebro, ¿no es para maravillarse de ese órgano móvil que llamamos hidrostato muscular o lengua? Además de articular sonidos, cumple otras funciones: masticación y deglución; y, en ella, radica el sentido del gusto. Y todas estas funciones las realiza sin agotarse, sin deteriorarse; consumiendo únicamente un lubricante barato, de gran rendimiento y calidad indiscutible: la saliva.
¡Qué fuerza y flexibilidad! ¡Qué rendimiento!
Deténgase ahora en la producción fonética de los tertulianos e invitados que infestan los platós televisivos y de radio; acomódese en la bancada y observe.
Se ha sabido -se lo acaban de comunicar a los participantes- que un nuevo mecenas o patrocinador modificará sus retribuciones. Pasarán a percibir un céntimo por cada palabra que digan durante el tiempo de emisión. ¿Qué sucedería? ¿Qué presenciaría usted desde el asiento? ¿Habría un repertorio de uppercuts, sablazos, mordazas, patadas y balas enfiladas para imponerse al contrario y arrebatarle el turno? ¿Qué haría el moderador? ¿Habría espacio para la publicidad?
Después de un lapso publicitario, en el mismo plató, se anuncia a los participantes que disponen de un fondo de mil palabras para la tertulia que va a comenzar; si las agotan, por cada una que exceda le descontarán un euro. ¿Qué ocurriría? ¿Se produciría algún cambio significativo entre los asistentes? ¿Sería más llevadera la labor del moderador?
Posiblemente, abandonaría usted los estudios maravillado.
Proliferan la tertulias, de cualquier índole. Los colaboradores, dotados de conocimientos universales, opinan de todo. Encomian o censuran, ensalzan o denigran; sin ecuanimidad. Las reprobaciones suelen ser de tal calibre y tan rotundas que los oyentes no dudan en pensar que tienen una varita mágica para arreglar los problemas o están dotados de clarividencia. Vocean compulsivos, con aneurisma en las venas y aspersores en los labios; enfermos de una taquilalia crónica. Ni dicen lo que piensan ni piensan lo que dicen. Son una pandilla de lenguaces que deberían abonar una tasa por infestar el aire y confundir a los ingenuos.
Van de plató en plató, saltando de una cadena a otra, con tiempo para participar en emisoras de radio y escribir la columnita en el periódico habitual. ¿Es beneficioso tanto paso y repaso por los acontecimientos? ¿No será contraproducente hurgar con tanta saña y vehemencia? Parecen anatomistas sobre un cuerpo indefenso y desnudo. Punzan, sajan y descuartizan. Y si no había cadáver, lo hacen.
Estos tertulianos de insolente rusticidad se arrogan patente de corso para abordar cualquier asunto; no dejan explicarse al invitado; solo escuchan un eco vanilocuo: el de sus voces histéricas. Tratan de formular sus preguntas en vastas perífrasis y digresiones, en las que terminan por asfixiarse; y cuando les apremian para que la hagan, se han olvidado.
Se lamentan de la crisis y de la falta de trabajo y nada hacen para arreglar nada, solo llevarse unos buenos puñados de euros al bolsillo. Largando prédicas, casi siempre, innecesarias, tautológicas y cansinas; sólidas perogrulladas, sin más. ¿Por qué no van a una tertulia solamente, y dejan que otros opinantes necesitados o en paro participen? ¿Por qué no predican con el ejemplo?
Si hubiera que pagar una tasa por hablar, ¿qué sucedería? Sin duda, seríamos coherentes; o al menos, más precavidos y mesurados.
¡Es tan fácil hablar!
¿Y dar trigo?
Eugenio F. Murias