Nuestra avidez por la carne, por combustibles biológicos y por la madera está aumentando la presión sobre las selvas tropicales. Y como constantemente se necesitan nuevos terrenos se sigue destruyendo selva, y con ello sigue desapareciendo una especie tras otra. En tanto las selvas muertas den más beneficio que las selvas vivas, no cambiará nada.
En los últimos tiempos se está empezando a reconocer el valor de las selvas tropicales también como acumuladores de dióxido de carbono, un importante gas de efecto invernadero que, en grandes cantidades, puede llegar a afectar la temperatura global del planeta, pues en ningún otro sistema ecológico hay más carbono acumulado que en la madera de los gigantes de la selva virgen, más o menos 433.000 millones de toneladas. Solo en las hojas, troncos y raíces de los árboles de las selvas pluviales del Amazonas hay tanto carbono como el que quema toda la humanidad en 10 años. Pero con la quema de las selvas tropicales el CO2 se acumula en la atmósfera, con lo que el aumento de la temperatura del planeta está garantizado.
El que la humanidad pueda estar amenazada por guerras derivadas de la falta de agua o de alimentos, o sencillamente de selvas, biodiversidad o sistemas ecológicos, no debería ser una posibilidad ni siquiera remota si el ser humano hubiera respetado y conservado la naturaleza, la Creación en su conjunto. Una convivencia pacífica y la garantía de un sustento alimenticio para todos puede lograrse sólo si se conservan todas las especies que viven en el planeta Tierra.
Teresa Antequera Cerverón