Los cultos religiosos, los dogmas, los ritos, las fórmulas establecidas de la oración, las ceremonias, los ropajes y los objetos del culto, todos estos aspectos relativos a la práctica de una religión que se han grabado plásticamente en el alma, despiertan una resonancia en el mundo de imágenes del alma que llega hasta al ámbito del Más allá, atrayéndola. El alma ve confirmado todo aquello en lo que creía en su existencia terrenal. Por eso es muy difícil para ella liberarse de todas estas imágenes anímicas fijas y reconocer la verdadera realidad de un mundo espiritual superior.
Pero el Espíritu de Dios es el Espíritu libre. Las palabras de los verdaderos profetas de Dios son palabras de libertad, dieron y dan testimonio del Espíritu libre y no animaban a fundar religión alguna. Las religiones externas atan a los hombres a quimeras y opiniones, a jerarquías religiosas y privan al ser humano de su libertad. La Ley de Dios es libertad y nadie tendría que estar atado a una religión.
Ser discípulo de Cristo significa seguir a Jesús, cumpliendo lo que Él nos enseñó. El Mandamiento principal de Jesús, del que Él mismo dijo que es el resumen de la Ley de Dios es: "Ama a Dios, tu Padre sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo". Esa es la palabra de la unidad, es la palabra de la libertad. Él no dijo: "Ama como a ti mismo sólo a los que pertenecen a tu religión, apártate de todos los que piensan de otra manera y maldíceles". Él dijo: "Ama a tu prójimo como a ti mismo", sin hacer diferencias, sin separaciones, sin la idea de que todos los que no pertenecen al propio grupo religioso se tendrán que quemar en el infierno eterno.
Emisor Tierra y hombre
Mª José Navarro