Por ejemplo de cara a los intereses militares y económicos, el camino de Santiago suponía para los monarcas españoles un aporte extra de dinero y también de guerreros en su lucha contra los moros, por lo que fomentaron y ayudaron a que se consolidara dicho camino como una ruta santa, que de esta manera se convertiría para miles de fieles de la época, en una «obligación» de rendir culto y devoción al apóstol que tan cerca estuvo de Jesús.
Como dice el historiador y escritor Sánchez Dragó, esta no sería la primera vez que la Iglesia católica con «su estómago de camello», se hubiera apoderado de una herencia pagana ajena al cristianismo, la que una vez mezclada con símbolos paganos y una leyenda no del todo creíble, se convertiría en una antigua tradición eclesiástica, asumida y asimilada de tal forma como si el mismo Jesús la hubiera traído del cielo. Sin embargo a pesar del carácter poco real de esta leyenda medieval, se intuye un impulso de encontrar un camino lejos de Roma, del cual supuestamente se podía esperar la salvación, es decir un cristianismo ni romano ni bizantino. Puesto que el que haya personas que a través de caminos externos se pongan a la búsqueda de respuestas a preguntas existenciales, para después encontrar un camino interno, es un motivo religioso que ha existido siempre. Sin embargo las peregrinaciones a «lugares mágicos» donde yacen los llamados santos, o donde habrían sucedido «milagros» o «apariciones» son, dicho claramente, una tradición de cultos de misterios paganos. Lo que con el cristianismo de los primeros tiempos nada tiene que ver.
En muchas ocasiones, por no considerar con distancia las lagunas que los hechos tienen, se aceptan sin cuestionar acontecimientos basados en un pasado incierto y poco claro, los cuales desembocan más en celebraciones lúdicas que religiosas, y todo ello basado en tradiciones que se denominan cristianas, pero que tuvieron un origen muy diferente al que se termina celebrando. Se podría decir que en esta línea están también las fiestas de Semana Santa y Navidad, las muchas romerías y peregrinaciones, las cuales nada tienen que ver con la enseñanza de Jesús de Nazaret. Sin embargo será usted, estimado lector, el que decida cómo comportarse ante cada una de las tradiciones que llegan a su vida con la intención de perpetuarse.
Teresa Antequera