Miércoles, 8 de Julio 2026 

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30 Jul

Hay días en los que uno se levanta medioambientalmente mediatizado, fariseo y asombrado. Ha empezado el verano, y la calor, y uno entiende que todo en sociedad debe ser explicado mediante una teoría sobre la naturaleza humana que contemple, incluso, las estaciones del año. Yo, de hecho, en verano soy como ropa al viento: se me puede ir la pinza. En Brasil, por ejemplo –«fuchibol» mediante– es invierno aunque en realidad es verano; en Argentina todo es albiceleste cálido –descangallado aunque fuese otoño y lloviese a mares–. Y en Alemania, faltaría más, es Merkel: siempre fría, siete veces fría.

Así, ante los variopintos ejemplos patrios derivados del Gobierno del PP, que se pudieran comentar y relacionar con lo que somos y nos han convertido a los ciudadanos españoles, practico un fariseísmo renovado entendido como forma de discrepancia frente a los grandes sumos sacerdotes que nos ha tocado vivir pues me despeja las neuronas por dentro aunque no se me note por fuera. Resultado que he intentado –juro a lo Urdangarin y por mi honor– cambiar incluso tomando algún que otro Actimel por aquello de reforzar encarecidamente mi metabolismo intestinal. Pero este es una cosa cambiante, engañosa y etérea que depende mucho del balance entre la carga tóxica acumulada y, por otro lado, vomitada o defecada.

El colon, tan etéreo, engañoso y veraniego es como el último y romántico razonamiento de Montoro –sumo sacerdote gestado y cocido en un mundo de Narnia– aduciendo el «asombro que causamos en el mundo» –pasen y vean– que no está exento de razón: los primeros «asombrados» somos nosotros. Prueba del nueve que demuestra que los sentimientos morales de la ciudadanía, también los viscerales, se pueden apagar y encender como un interruptor ante su política.

Sin embargo, esta maravilla de la naturaleza política actual no nos resta capacidad para entender la falacia en la que se basa su gestión inversamente «robinhoodniana»: robar a los pobres para dárselo a los ricos. De tal guisa y con el parche tapándole el ojo izquierdo, intenta «flipar» a tirios y troyanos afirmando que todo cuanto acaece en su política es bueno para todos mientras que, por fariseos, seguramente, algunos reconocemos que no hay nada encomiable en los productos de su política económica.

Pasa con las políticas de Montoro y del Gobierno del PP que se reconoce enseguida su total incapacidad para poner en el centro de sus decisiones el compromiso con la dignidad del ser humano. Actitud que pasa por muchos de sus ministros incluyendo al que considero el de mayor relevancia, el de Sanidad y otras risas, por motivos evidentes. Y lo hago extensivo a alguna que otra «Conselleria» del ramo, la valenciana por ejemplo: vivo ejemplo de cómo desmantelar la cosa sanitaria pública y ponerla a los pies de los caballos privados mientras se ufanan paternalmente en demostrar que es por nuestro bien. Mejor habernos preñado.

Pero, como ya les he comentado, he visto ya a tanta gente morirse que ya no suelo tomarme casi nada en serio. Otra cosa es la preocupación por las causas que subyacen en el deterioro progresivo de nuestra salud, tratar de entenderlas e interponer los mecanismos terapéuticos más acordes con la realidad medioambiental que vivimos. Y en esto estoy de acuerdo con el presidente de la Organización Médica Colegial al afirmar en una emisora de radio que «no hay ningún gran problema de salud que no tenga relación, directa o indirecta, con la contaminación medioambiental». En ello subyace la ilusión de extender al flamante presidente del Colegio de Médicos de Alicante la idea de que los profesionales sanitarios, además de diagnosticar y tratar las enfermedades asociadas a los contaminantes ambientales, –¿sabemos hacerlo?– tenemos la obligación ineludible de participar activamente en su prevención. ¿Alguna propuesta por parte del Colegio? ¿Una academia de Medicina Ambiental, por ejemplo?

Miren ustedes: los datos acumulados señalan a la contaminación química como la causa principal del aumento de los casos de cáncer; trastornos tiroideos, enfermedades neurodegenerativas, trastornos del metabolismo, obesidad incluida; malformaciones fetales; cambios en la reproducción y aumento de las enfermedades pulmonares, etcétera, etcétera. Todo ello sin contabilizar a los enfermos de Sensibilidad Química Múltiple (unos trescientos mil en nuestro país ya diagnosticados y otros tanto sin diagnosticar), de Fibromialgia (un millón cuatrocientos mil en España), así como unos 65.000 afectados de electro hipersensibilidad que, por no entender ni las causas ni las terapias adecuadas que se deben manejar, son el vivo ejemplo de la falta de respuesta institucional a la que tan acostumbrados nos tienen los que practican esas políticas sanitarias de últimos tramos intestinales que todavía no han entendido que somos –esa es nuestra naturaleza– lo que comemos, lo que bebemos y lo que respiramos. Y lo que votamos. No me cabe la menor duda.

Adrián Martínez

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