Pero ante un tribunal de justicia no siempre la culpabilidad es un hecho claro al 100%, lo que significa que no siempre se puede probar con exactitud la culpabilidad de alguien a pesar de que lo sea. Una parte se considerará inocente y la otra culpable, imponiéndosele su respectiva multa o condena; cada parte interpreta de forma muy subjetiva los hechos y en ocasiones el supuesto culpable jura vengarse. Lo cierto es que en muchas ocasiones aunque una parte sea absuelta, es posible que haya tenido su parte de culpa.
Sin embargo La Justicia, con mayusculas, es decir la justicia que está por encima de este mundo, es la reconciliación. No en vano Jesús de Nazaret nos instruyó de la siguiente forma: «Ponte enseguida a buenas con tu adversario mientras vayas con él de camino; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. Yo te aseguro: no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo».
La ley de Causa y efecto asigna a cada cual particularmente su parte de culpa de forma precisa y justa, pues la balanza de la justicia de Dios lo pesa todo con exactitud. Así un delito no aclarado puede fácilmente convertir a un alma en un alma atada a la Tierra hasta que purifique lo que tiene pendiente con su prójimo. Pues todos los contenidos de nuestro sentir, pensar, hablar y obrar, es decir la totalidad de los contenidos de nuestro comportamiento se introducen en la estructura celular de nuestro cuerpo físico y en la estructura de partículas de nuestra alma, con ello todo queda registrado por lo que de todo tendremos que dar cuentas. También lo bueno que emitimos recae sobre nosotros nuevamente, se trata al fin y al cabo de la ley de acción y reacción.
Mª Jose Navarro