Un cuerpo aseado y un aspecto discretamente cuidado, sumados a una postura juvenil, dan una impresión atrayente y simpática, sobre todo cuando los pensamientos y la totalidad del comportamiento están conscientemente orientados hacia el interior, en el cumplimiento de lo que Jesús de Nazaret nos dio como reglas para la vida. Quien tiene un ánimo alegre y radiante permanece juvenil, a pesar de las arrugas y de las canas. Y quien durante toda su vida tuvo interés por aprender y aspiró a valores e ideales más elevados, ha fortalecido su cuerpo desde el interior.
Ni en la juventud ni en la vejez el éxito de los cuidados de belleza depende sólo de cremas y lociones, tampoco de la cirugía estética, sino más bien de los contenidos de la forma de pensar y comportarse, que son los que determinan la irradiación de la persona.
Teresa Antequera Cerverón