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26 Sep

El pasado lunes una espesa y temorosa neblina asomaba por San Cristóbal de La Laguna, ciudad Patrimonio de la Humanidad en Canarias, aunque también alcanzó a otros municipios del archipiélago.

Uno, que ha visto demasiados dibujos animados, creía que ésta iba a anunciar algo malo, y no solo una mera tormenta de cuyo nombre no quiero acordarme. Nada más lejos de la realidad.

Lo vivido ayer en los alrededores del Congreso de los Diputados y la plaza Neptuno, en la que una multitudinaria e histórica manifestación reclamaba una democracia real inmediata, la dimisión del Gobierno central y el inicio de un proceso constituyente, ha sido lo mas reprobable en la reciente historia democrática de nuestro país.

Al parecer, la Policía, por orden y mando del Gobierno de Rajoy, ha ejecutado un plan de choque contra algunos periodistas y el propio pueblo. Contra algunos profesionales de la información, sí, que querían mostrar la realidad de lo que estaba ocurriendo y pretendieron amordazarlos; y contra la propia ciudadanía, que no soporta ni un minuto mas esta situación de estafa, llamada crisis por los mercados y la inmensa mayoría de políticos con representación en administraciones públicas, que está dejando a familias enteras sin nada que echarse a la boca, principalmente por la corrupción política que ha existido y existe en nuestro país.

Parece ser que uno de los argumentos del inicio de la carga policial es que se había superado el número de horas permitido por la concentración, aprobada por la Delegación del Gobierno. No sé por qué razón nos extrañamos de este hecho. Siempre suelen pasar estas cosas cuando la selección española gana la Copa del Mundo y cientos de miles de personas ocupan las vías y cortan el tráfico (por cierto, sin ningún permiso), e incluso se cargan el mobiliario y los jardines o se remojan en las fuentes públicas. Y ahora que recuerdo, también cuando nos visita la JMJ o gana las elecciones la formación política de turno. Pero claro, esta concentración, la del 25-S, como expuso una nefasta y antidemocrática política, era lo más parecido al 23-F.

Las redes sociales se han convertido en un verdadero aliado para conocer la realidad, aunque siempre con ciertos matices. Ayer todos pudimos ver en la red muchas salvajadas y ataques a personas. Tal vez, uno de los vídeos más graves, colgados en el portal youtube, fue en el que se ve claramente una posible estrategia policial, presuntamente auspiciada por el Gobierno, en la que unos encapuchados golpean levemente con sus banderas a la Policía. Con posterioridad, los efectivos comienzan a dar a diestro y siniestro y, finalmente, esos encapuchados participan en la detención de personas que se manifestaban pacíficamente en ese lugar. ¡Cuánta bipolaridad repentina!

Otro de los vídeos más graves, que también se ha podido visualizar en internet, es el que afecta a la propia prensa. La Policía, sin aparente sentido, baja a la Estación de Atocha a continuar dando porrazos. Allí, esperando el tren de cercanías, estaban también numerosos periodistas que grabaron lo acontecido, a los que los efectivos piden el material grabado e intentan cargarse alguna que otra cámara, además de dar algún que otro leñazo, con la clara intención de amordazar la verdad. Nada que ver con el canal controlado por el Gobierno, el 24 horas, en el que sólo han realizado directos con las cargas policiales. El comentario, por cierto, muy objetivo: "Ya han visto ustedes que esto es lo que está pasando".

Pero si hay algo que me produce resquemor, y que hasta me ha quitado el sueño, han sido las palabras del secretario general del Sindicato Unificado de la Policìa (SUP), José Manuel Sánchez Fornet, que defiende que los agentes no se identifiquen y actúen con "leña y punto" contra los violentos. Me pregunto si aquí caben los presuntos encapuchados policiales y algunos políticos violentos y corruptos, responsables de esta estafa a la que llaman crisis y de que el pueblo se haya echado en peso a la calle.

Otro hecho muy criticable es la salida de la mayoría de señorías por la puerta trasera de la sede del Congreso de los Diputados, tal vez para no ver al pueblo de frente. ¿Qué hay de ese diálogo con las personas que te votaron (o no) y de las que vives con tu sueldazo y privilegios? ¿Qué fue de la democracia que nos han arrebatado con las leyes y recortes que solo benefician a unos pocos? ¿Qué fue del derecho a expresarnos libremente y sin violencia en nuestras calles?

Esta situación es ya insostenible y se avecina un cambio radical en el sistema democrático de nuestro país. El pueblo, ya harto, no está dispuesto a pagar los millones de euros que se han robado unos pocos del erario público. Y mucho menos a que se pisoteen el Estado del Bienestar y las libertades que tanto les costó conseguir a nuestros antepasados.

Ahí están, en medio de esta neblina democrática, la libertad de expresión y el derecho a la información y a la manifestación pacífica, derechos recogidos en la ya casi defenestrada Constitución Española, así como en los principios básicos que defiende la Declaración de los Derechos Humanos. Espero que el pueblo español sepa cómo enderezar este camino, en el que nuestros dirigentes políticos en los gobiernos parece que han perdido la cordura y viven en un mundo paralelo sin coherencia alguna.

 Rayco Rodríguez

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