Los insignificantes resultados de las cumbres climáticas son una catástrofe en sí mismas, una declaración de bancarrota de la política mundial resultante de un fracaso de tal magnitud que llevará de forma irremisible al fin de la civilización humana tal como la conocemos. Los participantes en estos eventos mundiales, acostumbrados a actuar en base a sus intereses políticos y económicos, llevarán parte de la responsabilidad por la muerte de millones de personas, por la muerte de billones de animales sacrificados, por la destrucción de la naturaleza en tan sólo unos pocos decenios, por dejar un planeta en el que apenas quedan bosques primigenios, redes fluviales sanas, océanos rebosantes de vida o una atmósfera protectora y limpia. Este es el resultado de la política climática actual.
Para los europeos puede que ésta sea la última década en la que los efectos climáticos sean apenas perceptibles, pues los tiempos cambian con demasiada rapidez. Tomemos por tanto las riendas de nuestra vida, si queremos también en relación a la vida después de la muerte física, es decir, en relación a la vida de nuestra alma. Millones de personas de todas las culturas y pueblos de esta Tierra creen en la reencarnación, por lo que se hace más importante que nunca reflexionar sobre ello en relación al colapso climático, ya no por nuestros hijos y nietos, sino por nosotros mismos, puesto que el alma vive eternamente y posiblemente volverá a tomar forma humana en esta Tierra hasta que en algún momento tome el camino al Hogar eterno. ¿Pero en qué clase de mundo encarnarán las almas que, debido a graves culpas, vuelvan a la Tierra a encarnar en un nuevo cuerpo humano? ¿En qué mundo encarnaremos nosotros mismos?
Mª José Navarro