Miércoles, 30 de Septiembre 2026 

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26 May

Acabamos de terminar unas elecciones cuyos resultados van a provocar que haya pactos postelectorales en muchos municipios y en bastantes comunidades autónomas para garantizar la gobernabilidad.Los partidos, pues, estarán condenados a entenderse.

Mucha gente, por desconocimiento de la historia del siglo pasado, considera que el pactar es algo novedoso en la democracia. Nada más lejos de la realidad: los pactos tuvieron lugar en la complicada Transición al frente de la cual estuvo Adolfo Suárez. Me refiero a los Pactos de la Moncloa. Eran años muy difíciles y los pactos fueron bastante fructíferos. Se creó una cultura de los consensos y de los acuerdos que iría desapareciendo con el paso del tiempo.

La política de pactos es sana en una democracia. No ha de considerarse una tragedia si se lleva a cabo con buen fin. Buen fin no es ponerse de acuerdo para quitar al anterior de la silla y ponerse otros, por ejemplo. De igual manera el pacto estaría viciado si una de sus intenciones fuera el considerar la Administración Pública como una mesa de juego para repartirse puestos entre unos y otros con direcciones generales de por medio y para enchufar a amiguetes sobre todo en las entidades locales.

Bienvenidos los pactos, bienvenidos los grandes acuerdos siempre que sirvan para mejorar y no para empeorar o seguir igual. El buen pacto ha de estar caracterizado por un espíritu constructivo, alejado de toda sombra de revanchismo político, por el bien de los ciudadanos y no por el bien de los políticos que los han de servir.

Jesús Manuel Díaz Lorente

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