De todos es sabido que este tipo de establecimientos son, desde tiempos antiguos, antesala o prolongaciones de las casas, casinos de los pobres, puntos de reunión social, cavernas de todo tipo, escondite de gente variopinta, o eco de noticias. Son, al fin y al cabo, recintos donde se canta, se ríe, se riñe, se blasfema y se gasta lo que no se tiene haciendo alardes disparatados y pueriles. En estos lugares se arreglan asuntos varios y se hace acopio de fuerzas para enfrentarse a la vida real con las artificiales energías que da el vino y la cerveza acompañado de la algarabía y de la música.
Es San Cristóbal de La Laguna, el más claro ejemplo de la proliferación de estos establecimientos: peculiares locales con más que singulares clientelas en las que las tapas y una no muy extensa oferta gastronómica juegan un papel secundario ante el vino - mayormente foráneo (sic) - las cañas de cervezas o las garimbas y una más que surtida variedad de licores y espirituosos que pugnan con sus etílicos vapores por captar una clientela parrandera y de no muy generoso bolsillo.
Otro hábito característico y diferencial de estos locales son las tertulias, intelectuales, deportivas, políticas o de las más inverosímiles temáticas, que desde tiempo remotos toman estos bares como centro de la conspiración política bien entendida, fragua de ideas, estímulo de renovación social y acicate de la sociedad canaria y en las que, la afinidad entre sus participantes, crea una fidelidad al establecimiento que aumenta o decrece según la altura intelectual y los alcances logrados en la sana, o no, discusión de las tertulias de bar.
Para acabar, no podemos obviar a los sin oficio y los músicos o parranderos. Los primeros hacen de estos locales su oficina de trabajo y su motivo laboral aparente, ejerciendo sin rubor de lo que ni siquiera aspiran a ser. Los músicos y parranderos, por el contrario, acuden a estos establecimientos no tanto por su oferta coquinaria sino por hacer de ellos un lugar donde explayar sus habilidades musicales y sentir, sino el aplauso, si la admiración de la concurrencia que sus acordes despierte.
En estos bares de mal amados, por tanto, se olvida uno de si mismo y de quien nos rodea por el breve o extenso rato que dura la visita al tiempo que se disfruta sin reparo de estos irreales momentos que hacen olvidar las miserias humanas, que al fin y al cabo son todas iguales seamos guapos, feos, con pelo o sin él, altos, bajos, pobres o ricos.
Alfonso J. López Torres