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15 Mar

En la era de la tecnología y la globalización, la inmediatez se ha convertido en una seña de identidad de una época. Lo queremos todo y lo queremos ya. No cabe la pausa para asimilar conceptos, realidades o informaciones.
Y es aquí, en el tratamiento que le damos a la información, donde más se agudiza esa inmediatez. La actualidad de una noticia dura lo que se tarda en leer una publicación de la red social del pájaro azul. Las noticias de primera hora de la mañana ya están desfasadas por la tarde, y las del día anterior forman parte de la historia.
Por eso, todas aquellas informaciones que empiezan a sucederse con el paso de los días, de las semanas o incluso los meses, por muy importantes que sean para nuestro devenir social, van quedando arrinconadas en nuestra materia gris para dar paso a otras mucho más recientes. Y al final terminamos por normalizar datos o informaciones que devorábamos cuando el suceso en cuestión era reciente.


Nos pasó con la pandemia. Los primeros días, el asombro por los datos de fallecidos nos estremecía. Incluso llegamos a pasar miedo, o por lo menos yo. Pero dos años después, que mueran en nuestro país 200 personas por covid al día, es una cifra más en esa adicción al corto plazo de nuestra sociedad.
Con la invasión de Ucrania, tengo la sensación que nos puede ocurrir algo similar. La guerra no parece que vaya a tener un final inmediato, y si a ello le sumamos que, al fin y al cabo, es una guerra que nos queda lejos, poco a poco iremos perdiendo la perspectiva de lo que está ocurriendo en Europa del Este.
Porque, reconozcámoslo, que la ciudad de Jersón haya quedado totalmente arrasada por la artillería rusa o que en la ciudad de Mariupol se esté matando indiscriminadamente a miles de personas, en el fondo no nos dice mucho. Sí, nos solidarizamos con las víctimas, con todo el pueblo de Ucrania y condenamos esta atrocidad. Pero en el fondo, no tenemos una equivalencia que nos haga ver la verdadera magnitud de la tragedia.
Ahora bien; ¿Y si le digo que la ciudad de Jersón, esa que ha quedado reducida a escombros, tenía una población de 282.000 habitantes, casi el mismo número de paisanos que hay en Fuerteventura y Lanzarote?
O si les digo que la ciudad Mariupol tiene la mitad de habitantes que Gran Canaria, o que el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados ha señalado que el número de personas que han huido de Ucrania se cifra en 1,7 millones de personas, lo que equivaldría a que dos de cada tres canarios hubiera tenido que abandonar las islas.
Quizás, aun así, nos siga pareciendo que todo esto nos queda lejos, eso ya lo dejo a la percepción de cada cual. Pero al menos, que este ejercicio comparativo nos sirva para no perder la perspectiva de una tragedia que, con el paso del tiempo, es muy probable que quede sepultada por la inmediatez de la última hora que aparezca, como ya ocurrió con Afganistán, Etiopía, Yemen, Haití o Palestina.

Christopher Rodríguez.
Técnico en Administración de Empresas.
Escritor, autor de la novela "El Lince". Mercurio Editorial. Año 2020.
christopherrodriguez.es

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