Esta culpabilidad queda grabada para toda la vida. Sus sentimientos se desdoblan, porque han vivido un trauma tan profundo que no son capaces de superar, es decir la psique intentará desdoblar esos actos, esos miedos, esa vergüenza, ese sentimiento de culpabilidad. Pero una vida con esa clase de sentimientos es un infierno; imaginémonos lo que es: una persona está de por vida condenada al aislamiento, porque cada vez que intenta entablar una relación emergen los miedos que determinan todo su comportamiento. Incluso las personas de su entorno no los entienden, por lo que muchas adquieren fama de locos, cuando en realidad están manipulados por un pánico reprimido. La consecuencia es una vida destrozada, puesto que el abuso sexual realizado por sacerdotes es asesinar al alma.
Cuando un sacerdote hace algo así a un niño, éste piensa que el buen Dios así lo ha querido, porque se trata del sacerdote, quien a los ojos del niño aparece como su representante. Así muchas de las personas afectadas nunca comprenderán cómo es posible que Dios haya permitido que algo así le suceda. Creerán que Dios les castiga, o que los odia, teniendo dificultades para volver a establecer una relación interna con El, porque desde su más temprana infancia arrastran lo que supuestamente les hizo.
Eso es lo que significa la expresión «asesinato del alma». A las victimas casi les es imposible volver a construir una relación de confianza con Dios. Eso es lo más grave, es algo que se extiende a una dimensión existencial que va más allá de lo que sucede cuando otra persona abusa sexualmente de un niño. Si lo hace el sacerdote, tiene un cariz que supera con mucho cualquier otro abuso sexual.
Emisor Tierra y hombre
José Vicente Cobo