Pues en el último debate sobre la España embarazada y no en estado de buena esperanza, se repitió esta escenificación en que los líderes hablan sobre lo que otros escribieron. Una estrategia que aparca la pasión, la cabeza y la memoria y que demuestra el desconocimiento sobre la realidad del país y – sobre todo – que continúan desacreditando la política, unos más que otros, por su propia incapacidad para transmitir al votante un poco de optimismo y de lógica. Y no fue así.
Lo que ocurre es tan claro (y oscuro a la vez) que había argumentos de sobra para que sus señorías- a los que se les supone educados en buenos colegios – hubiesen explicado claramente lo que ha pasado, por qué pasó y lo que puede pasar. Sin embargo, el debate leído pareció anticuado. Y sus protagonistas más.
La realidad cotidiana es de tal brutalidad que hubiera bastado con un minuto se silencio en el hemiciclo para haber ahorrado tiempo y dinero.
Y no tengo nada más que decir sobre esta particular clase de parvulitos.