A la mujer latinoamericana a la que las grandes multinacionales estadounidenses y europeas le pagan sueldos de miseria y le imponen jornadas agotadoras, en condiciones de cuasi esclavitud, mientras sus dueños son elevados a los rankings de los más ricos del mundo. A la mujer latinoamericana que lucha para que sus países recobren su soberanía nacional y sus recursos naturales, para un mayor reparto de la riqueza que les permita vivir sin violencia, sin explotación, con la dignidad y el bienestar que le ha sido usurpado durante siglos.
A la mujer saharaui cuyo territorio ha sido violentamente ocupado, por Marruecos, con el beneplácito de España, Estados Unidos y Francia. A la mujer saharaui que vive en los campamentos, donde contribuye de forma decisiva a la organización y administración de la vida diaria, y que a pesar de las duras condiciones atmosféricas y económicas, ha logrado mantener la vida y superar los altos índices de analfabetismo que tenían en el momento de la ocupación ilegal de su Tierra, accediendo a la formación elemental y profesional en medio del desierto. A la mujer saharaui que no puede vivir, ni expresarse libremente en la zona ocupada, en su propia Tierra, pero tiene la valentía de rebelarse en su territorio contra el ocupante ilegal a pesar de las durísimas represalias, torturas y desapariciones con las que responden las Autoridades marroquíes que ocupan ilegalmente El Sahara y explotan ilegalmente sus riquezas naturales, como el fosfato, la pesca y el petróleo, y levanta ilegalmente muros de más de 3.000 kilómetros, plagados de minas, ante la pasividad, y la codicia de la llamada comunidad internacional y de los distintos gobiernos de España que sigue teniendo la responsabilidad legal sobre el territorio del Sahara Occidental y no hace cumplir las resoluciones de la ONU sobre el Referéndum de Autodeterminación. A la mujer saharaui que lleva luchando 38 años, con su pueblo, por el ansiando regreso a su Tierra liberada.
A la mujer palestina cuyo territorio fue ocupado, desde 1948, con la ayuda de Gran Bretaña, la potencia mandataria, por una minoría de colonos que creó el Estado judío partiendo y dividiendo Palestina, expulsando a las tres cuartas partes de la población nativa, los palestinos, refugiados, desde entonces, en otros países, y que todavía, hoy, no pueden volver a sus casas. A la mujer palestina que permaneció en los territorios ocupados por Israel y, desde entonces, ha vivido guerras, ataques, detenciones arbitrarias, tortura, asesinatos, la ocupación y usurpación de sus tierras, los asentamientos ilegales, la destrucción de sus casas, los toques de queda, la construcción de los muros de separación con Cisjordania, aislando al pueblo palestino, impidiendo su libre circulación y la de sus productos, vulnerando sus derechos más elementales y rompiendo sus modos de subsistencia. A la mujer palestina de la Franja de Gaza, donde el paso de medicamentos y suministros hospitalarios es denegado por el aparato represivo del Gobierno de Israel, provocando, en muchas ocasiones, la muerte, en los partos, de las mujeres o de sus hijos e hijas. A la mujer palestina que se ve obligada a parir en el puesto de control, sin las condiciones necesarias para ello, al impedirle los militares israelíes la salida de Gaza. A la mujer palestina que, además de aguantar este infierno en su vida diaria, tiene que soportar que Israel presuma, en los foros internacionales, de ser el país más "democrático" de la zona, mientras ejerce su poder coercitivo sobre millones de personas, la población palestina, que carece de derechos civiles y políticos, incumpliendo, sin consecuencias políticas, todas las resoluciones de la ONU sobre la retirada de Israel de los territorios ocupados. A la mujer palestina que lleva luchando 65 años por el retorno a la tierra liberada.
A las mujeres del mundo, que dan la vida y luchan por conservarla, a pesar de la violencia, los conflictos armados, la pobreza y el hambre a las que el capitalismo internacional somete a la mayoría de la humanidad, con el único fin de acumular todas las riquezas del mundo en unas pocas manos.
María Puig Barrios