Pero aun cumpliendo con nuestros derechos y deberes nos tratan como a perros callejeros, cuando nos vemos obligados a rebuscar en los contenedores de basura, para alimentar a la familia.
Cuando junto a nuestros hijos nos desahucian y nos dejan a la intemperie como perros asilvestrados.
Cuando sin mediar razones, en el curro, nos ponen de patitas en la calle, sin ningún medio para subsistir. Acudiendo a tribunales para que nos entreguen, como a los perros, las migajas del pastel, que se han comido los que se han enriquecido y especulado a costa de nuestro trabajo
Cuando terminamos el paro y las ayudas, deambulando como perros de un lugar a otro, mendigando un puesto de trabajo con el que alimentar a nuestros hijos, que hemos parido: para que hereden esta vida de perros.
Y así, después de trabajar toda una vida como burros, cuando somos viejos y el cuerpo falla, como cerdos en sus pocilgas, llevamos encima orines y cacas durante horas, porque no tenemos cuidadores o residencias. Y nos dejan solos en casa, porque la familia a cargo, tiene que cumplir un horario laboral, para conseguir un sustento que no llega a fin de mes.
Cuando como un reo, tienes que hacer cola junto a tus hijos para que te den un plato caliente, en un comedor social de las "caritativas" instituciones religiosas, que mantienen una doctrina que permite que los ricos católicos, a cambio de una limosnita, exploten y se hagan más ricos a costa del trabajo de los pobres. Tratándonos como animales, peleando por un salario.
Y tras ser tratado como un perro apestado, el cúmulo del desprecio a tu dignidad y a tus derechos como persona, te hunden en la desesperación y el anonimato de la depresión o el suicidio. Porque en su día, fuimos educados para ser personas, no perros a los que dar las sobras, de las vergüenzas que no se atrevieron a plasmar en la Constitución.
Y cuando nos quejamos, y nos revolvemos para protestar pacíficamente, manifestándonos por este trato inhumano y desigual reparto de la riqueza:
nos reprimen las porras de los perros policías, adiestrados por la voz de su amo, que lanzándoles el hueso de su salario y un uniforme, nos azuzan como a terroristas, a sabiendas de violar los derechos que nos ampara la letra de la Constitución. Así, sin identificación, sin saber si son fuerzas del orden o mercenarios, nos apalean como a perros. Obedientes, sin rechistar, no como seres humanos libres y con conciencia,
Y mientras nos vejan como a perros, nuestros gobernantes con una moral inferior a ratas, pues estas, cuidan de su prole. Sin el menor rastro de humanidad, su exaltación del ego personal les impide ver, que tras las cifras de la estadística, hay dramas humanos. Absortos en replicar a la oposición, tan vacíos de contenido en sus debates, como los ladridos de una jauría de perros. Conciben el ejercicio de la política como el lugar donde adquirir privilegios insultantes, reconocimiento, honores, y hacer negocios: el lugar, donde servirse del pueblo, no, donde servir al pueblo. Haciendo ostentación en foros internacionales de este modelo inhumano, y demencial donde nos excluyen del mundo: no tenemos patria, nuestras señas de identidad son la pobreza, la servidumbre y la explotación, nuestros derechos quedan reducidos a poder respirar, al silencio de la indigencia, y a mendigar, un día cada cuatro años, una democracia, en la que mediante el voto, elegimos a los amos de nuestros collares.
Un obrero de iglesia pobre.