Martes, 26 de Enero 2021 

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25 Mar

Dentro de poco se cumplirá un año del movimiento telúrico que echara abajo el cómodo complejo residencial en el que languidecía la política estatal. Después de esa gran sacudida pocas cosas han vuelto a ser iguales. Hay quienes han entonados cánticos apocalípticos y quienes han hecho como si no ocurriese nada, esperando a que pase esta "moda extravagante".

En este contexto Sí se Puede (SSP) inició un largo, apasionante y, hay que admitirlo, controvertido análisis. Simplificando un tanto, habían básicamente dos posibilidades: mantener nuestras posiciones incólumes (que en lo programático y en lo metodológico eran muy cercanas a los planteamientos de Podemos) o poner nuestras capacidades a empujar en la misma dirección. Al final, la opción mayoritariamente apoyada por los miembros de SSP fue esta última, un ejercicio de auténtica responsabilidad política y social. De todas formas, este aditamento, esta confluencia de energías, no iba a salir gratis. Desde un primer momento algunos temían este escenario. Por un motivo u otro las acusaciones de colonización, oportunismo y arribismo político no se hicieron esperar. Hay quienes entienden la política desde el esencialismo y lo identitario. Y hay quienes, simplemente, ven sus aspiraciones personales amenazadas. Pero la política es ante todo un ejercicio de análisis, comprensión y transformación de la realidad. Un instrumento al servicio de la ciudadanía y de denuncia radical de la explotación en sus múltiples formas. Frente a estas limitaciones es hora de que la izquierda supere el complejo de "batallón suicida", por un lado, y el constante repliegue en una supuesta pureza ideológica que no termina nunca de verse señalada por el dedo de la historia, por otro. Se acabó el tiempo en el que un concejal aquí o un consejero allá era considerado como toda una conquista frente al inexpugnable entramado de la casta, una promesa que resultaba siempre postergada. Eso ya no basta. Ahora estamos hablando de otra cosa: de la opción más seria desde hace décadas de que las fuerzas transformadoras lleguen al poder. En este tiempo de emergencia social, de descrédito de las instituciones del 78, de agotamiento del discurso de los partidos turnistas, lo que toca es ponerse en dirección al viento. En este giro a barlovento hay cosas que se ganan y otras que se pierden. Nada es como el original y no es malo que así sea. Algunos pensamos que la política tiene más del "Contamíname" de Pedro Guerra que de las letanías a la Virgen María, repetidas ad nauseam. SSP y Podemos, como herramientas de poder popular, estaban condenadas a entenderse. Así se puso de manifiesto desde el mismo congreso fundacional de Podemos en Vista Alegre. Resulta, por tanto, revelador el pánico que este hecho ha suscitado en determinados ambientes. Esto ha sido una fuerte réplica de ese movimiento sísmico. La alianza entre SSP y Podemos no suele ser un ejercicio habitual en la política, sobre todo para los que piensan que el nombre de un partido es como la camiseta de un equipo de fútbol. Las circunstancias de nuestro tiempo ya no admiten recetas de otras épocas aunque exige de todo el capital y la experiencia política acumulada. Los retos que tenemos por delante son enormes y al mismo tiempo apasionante. Además de cumplir con las expectativas de cambio que la ciudadanía está poniendo en Podemos, por estos lares es también perentorio convertir esta fuerza en un vector fuertemente canario. Y en esta tarea SSP tiene mucho que aportar.

Damian Marrero Real

Profesor de Filosofía, miembro de Sí se Puede, miembro del Círculo Podemos de Los Realejos y miembro del Consejo

Ciudadano Insular de Podemos en Tenerife

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