Siempre la buena praxis ante las situaciones reales, por las propias necesidades de cambio individual, y por la adaptación al mundo en continuo movimiento, nos llevaran a revisar nuestras inamovibles creencias queriendo adaptarlas a nuestra cotidianidad. Eso sí, como los puristas vacuos y aleccionados te "cazen" (como las ovejas de La Granja de G. Orwell), te recitarán de "pe" a "pa" el catecismo que se inventaron los ideólogos de la facción para volverte a encarrilar. El problema más grave que se nos plantea en nuestra joven democracia (más joven que uno mismo, me rio) es que la inmensa mayoría de los ciudadanos no quieren participar en proyectos que se basen en la falta de respeto, que contengan una rigidez dogmática y el desprecio al reconocimiento de que una parte del pueblo ha decidido apoyar a tus rivales, que no tus enemigos. Que se cuestione a los que anteponen mejorar las cosas de su entorno sin querer hacer una revolución plantando la guillotina en la plaza del pueblo. ¿Por qué? Porque la gente "con mucha vida y vida propia" ya aprendió a que los grandes cambios y perdurables se producen con muchas horas de trabajo y dedicación a la sociedad; con altura de miras para mejorar las pequeñas cosas y dejar atrás aquellas cuestiones que perturban la apacibilidad del ciudadano. La Historia nos dice que la toma del Palacio de Invierno por los bolcheviques, por sí sola, no resistió el paso del tiempo.
El pasado debiera ser como el espejo retrovisor de un coche. Que esté ahí, mostrándonos un pasado del que aprender y desaprender, pero para mejorar nuestra conducción hacía adelante. Y es que no podemos hacer política yendo marcha atrás, por más razón que se pudiera haber tenido en el pasado.
Con todo el respeto haremos algunas referencias cartesianas sobre las finalidades de la política y la acción directa:
POLITICA PRACTICA:
• La política debe servir para que el ciudadano viva lo más felizmente posible.
• El objetivo de la política debe ser actuar con claridad en las acciones y la seguridad de nuestras propias experiencias vitales. La acción no admite demora; no se puede permanecer irresoluto.
• A la búsqueda de la moral perfecta debemos apañarnos con una moral provisional (para la práctica y ética de nuestras acciones para trabajar en conseguir objetivos en pos del bien común).
• Tener constancia en las opiniones dudosas y seguir las opiniones más probables.
• Plantear opiniones moderadas porque son más cómodas y verosímilmente mejores.
• Evitar la inconstancia y vacilación, que es señal de debilidad y lleva a la irresolución.
POLITICA ESPECULATIVA
• Buscamos distinguir lo verdadero de lo falso continuamente y hacernos dueños de la razón.
• El objeto son las verdades metafísicas sin concretar las actuaciones para alcanzar el objetivo.
• Se debe suspender cualquier acción mientras no descubramos la verdad.
• No conformarse con verdades provisionales, sino con verdades evidentes, indudables.
• No admitir lo dudoso ni lo probable
• No admitir como verdadero lo verosímil.
Quizás y de una manera harto simple podríamos decir que nuestro credo social se basa en que, como individuos, necesitamos una habitación pequeña para "vivir ideológicamente" y de esa manera vamos aportando unos principios o máximas de comportamiento mientras vamos construyendo una vivienda definitiva. No es posible, en espera de esa vivienda definitiva, estar sin hacer nada. No hacer algo que es preciso hacer es ser un "vago", es hacer algo indebido porque no es posible dejar de vivir. Si nos hacemos revisionistas atacaremos por impuros los intentos de "política práctica" de otros, porque no se adapta a los ideales con lo que hemos decorado nuestra pequeña "habitación en la que somos y existimos" y corremos el riesgo de sacar la fanfarria estridente que nos acabe por obnubilar.
Parafraseando un texto que a todos nos suena: se hizo la política para la persona y no la persona para la política. Y en caso de duda ideológica nos atenemos al menos malo de los sistemas políticos que da a la persona el libre albedrío de pensar, expresarse y actuar: la democracia empírica.
Antonio Núñez-López