De hecho, en una entrevista realizada por este quien les escribe en la extinta La Gaceta de Canarias con motivo de su insultante juventud para ocupar un puesto como candidata a senadora para las elecciones de 2004, Patricia Hernández pretendía dar una imagen demasiado rompedora y, desde luego, si no llega a estar un jefe de prensa como Antonio Vacas (que tenía muchas luces y sabía perfectamente lo que se traía entre manos), ella quiso que uno de los fotógrafos del periódico, Álex Rosa, le tirase una imagen subida a un tobogán. La instantánea hubiese sido bestial, portada del periódico a todas luces, pero el solícito jefe de prensa le persuadió para decirle: Patricia, mi niña, que ya no están con los coleguitas, ahora te debes a un electorado y una foto así, como comprenderás, ni te hace bien a ti, ni mucho menos al partido.
Hernández ha aprendido rápido, a la velocidad de la luz y sabe que para que los medios se fijen en ella es montar sesión tras sesión un número tremendo desde su escaño, montarle pollo tras pollo a los ministros y estar en la mira de las cámaras. Rara es la semana que esta diputada tinerfeña no consigue hacer de sus intervenciones todo un show mediático. Otra cosa es que no siempre tiene la razón de su lado, pero hay que reconocerle que la política logra concitar las atenciones periodísticas y en estos días, por ejemplo, logró estar en la tertulia matinal de Jesús Cintora, en Las Mañanas de Cuatro.
Desde luego, Patricia, por trabajo, por tesón y ganas puede tener un futuro brillante en el PSOE, pero también es verdad que debería limar ciertos gestos y ciertas actitudes. Es como este tertuliano antisistema que está petando todas las cadenas, Pablo Iglesias, su discurso innovador llama la atención, pero si al final no sale de las tres o cuatro ideas y no asume que el resto pueden tener iguales o mejores propuestas, al final acabará cayendo en el olvido. Pues eso mismo puede sucederle a Patricia Hernández, que la bronca por la bronca acaba saturando.
Juan Antonio Alonso Velarde