Vayan ustedes a Venezuela, por poner un ejemplo, y verán que maravillosamente viven los caciques que desde hace tiempo usurparon el poder al pueblo llano. Claro que hay socialización de los beneficios, el 95% para el chavismo del Palacio de Miraflores y el 5% restante repartido entre una oligarquía siempre abierta al cheque solidario. El resto de ciudadanos, pudriéndose en los cerros o luchando entre sí mismos para poder hacerse con un pedazo de pan con el que llenar el estómago antes de irse a la cama.
Isidoro Álvarez, como cualquier persona, tendría sus cosas buenas y las que no lo serían tanto, pero se puede decir que fue un perfecto continuador de la obra de Ramón Areces y que ha conseguido expander la marca El Corte Inglés por toda España, por Portugal y estaba cercana una mayor internacionalización de la firma. Estos establecimientos sí que son marca España, símbolo de prestigio y de creación de empleo.
Quizá, en el debe, está el hecho de que la calidad máxima que siempre supone comprar en El Corte Inglés se ha reducido ligeramente ante el hecho de que hay demasiados establecimientos abiertos y en ocasiones hay tiendas que están desabastecidas de un determinados producto. Pero bueno, son cuestiones menores en comparación con todo lo que ha hecho El Corte Inglés por la dinamización comercial de nuestras ciudades. Los que se han lanzado a degüello contra Álvarez, exactamente igual que hicieron con Botín, aún no han creado un solo empleo. El presidente de El Corte Inglés ya contabilizaba una cifra superior a los 90.000. Hete aquí la diferencia entre los vagos desarrapados y esos empresarios capaces de sacrificar la holganza del mullido sillón por visitar in situ todas y cada una de las tiendas del negocio.
Juan Antonio Alonso Velarde